Nuestro Blog

No cabe duda que el autocontrol bien administrado y regulado sea una virtud y una competencia que permite relacionarse mejor con uno mismo y los demás.

Si no caemos en el extremo de la constipación psicológica y afectiva, tener la impulsividad bajo vigilancia nos evita muchas complicaciones. Sin embargo, no todas las formas de autocontrol son saludables, ya que muchas de ellas conllevan mecanismos y procesos perjudiciales para la mente y el desarrollo de nuestras fortalezas.

Con el fin de que la gente acate las normas preestablecidas que se consideran deseables, la cultura y los métodos de enseñanza que de ella se desprenden suelen hacer uso, al menos, de dos formas de control externo.

La primera es la resistencia a la tentación, la cual consiste en crear miedo a violar la normativa. Los que siguen esta pauta suelen hacer uso de un estilo educativo donde se castiga psicológica o físicamente al niño si hace algo inadecuado o no cumple las ordenanzas familiares, escolares o sociales.

Si no se respeta lo prohibido, llega el aversivo, el dolor o la molestia, de tal manera que, con el tiempo, pensar en “actuar indebidamente” generará una serie de manifestaciones psicosomáticas (sudor, taquicardia, desasosiego, ansiedad) debido a la anticipación del castigo. El pensamiento inhibidor es como sigue: “No haré tal cosa porque me lastimarán si lo hago”. Es el caso del ladrón que no roba por miedo a la pena, pero si estuviera seguro de que jamás lo descubrirían, no dudaría en robar. Esta forma de autocontrol puede ser efectiva para quienes violan la ley, pero es precisamente el dominio de sí mismo que se espera de un proceso enseñanza-aprendizaje saludable, ya que la “evitación de la falta” se centraliza en la sanción y el escarmiento que se recibirá y no en la creencia del comportamiento correcto. Insisto: nadie niega que debe haber penas por los delitos cometidos, lo que quiero señalar es al mecanismo interno que impide la acción, su lado preventivo. Es menos contraproducente y más eficiente como método pedagógico crear valores basados en convicciones cognitivas (“No hago esto porque va en contra de mis principios o porque no lo creo correcto”), que pegarse al miedo anticipado.

La educación por culpabilidad transita un camino similar, aunque lo punitivo es más sutil. Por ejemplo, si un niño comete una falta, los adultos cercanos pueden mostrarse decepcionados, tristes, dolidos.

La estrategia consiste en hacer que los padres se “sientan bien” si el niño pide disculpas y se autocastiga de algún modo. Ni bien el infante acepta compungidamente que se portó mal, que cometió un error, o que se arrepiente profundamente (algunas veces debe reconocer que es sucio o malo), los educadores cambian su actitud inquisidora, sonríen, se ven alegres, agradecen y refuerzan directamente, de forma verbal y/o física. Así, con el tiempo, esta forma de relacionarse produce el siguiente imperativo: “No me comportaré inadecuadamente, porque no quiero arrepentirme luego: prefiero controlarme a sentirme culpable”. Si en la resistencia a la tentación el miedo es al castigo físico y/o psicológico, en la educación por culpabilidad, el temor es al sentimiento de culpa.

A través del castigo y el dolor no se interioriza nada nuevo, solo se aprende a evitar lo que es negativo para uno. El castigo sistemático e indiscriminado interfiere la comunicación y la victima tiende a asociar al castigador con las sensaciones de angustia. Algunos dirán que “una pizca” de culpa y miedo a la sanción es recomendable a veces, y es posible que así sea, pero el tema no solo es de “cantidad” sino del manejo que se hace de la misma.. Existe una culpa racional, no autodestructiva, que me lleva a reparar la falta y existe un miedo racional y objetivo, que me permite alejarme de lo que verdaderamente es peligroso. La pregunta es si el autocontrol que inculcamos a nuestros niños es tan racional y objetivo como pretendemos. La reflexión queda abierta.

 

¿Cómo amar tranquila y felizmente a quien desconfía de ti y solo establece un vínculo tan suspicaz como ofensivo?

 

No todas las formas de amar son aceptables, simplemente porque haya amor de por medio.

Se nos ha dicho que aceptar la manera de ser de la pareja es un requisito imprescindible y necesario para que la relación prospere, sin embargo, esta premisa es válida siempre y cuando el estilo del otro no atente contra mi seguridad física y psicológica.

Esto que parece obvio, no lo es tanto para muchos enamorados del amor que con espíritu masoquista y miedo a quedarse solos apelan a la técnica del “perismo”, un mecanismo de autoengaño que intenta mermar la cosa y diluirla en disculpas de todo tipo: “Es agresivo, pero yo se manejarlo”, “Me ha sido infiel, pero se que cambiará”, “No expresa afecto, pero es su manera de ser”, “Es demasiado desconfiado, pero yo no le doy motivos”. “Peros” y justificaciones por todas partes, evitación llevada a su máxima expresión.

Aceptemos que algunas disculpas puedan tener fundamento, no obstante, si la felicidad de la persona que amamos es inversamente proporcional a la nuestra, algo anda mal. Si para que seas feliz, debo inmolar mi yo……..tu “manera de amar”, ni me conviene ni me apetece.

Los estilos afectivos son formas de procesar, vivir, sentir y pensar el afecto. Este procesamiento surge de cómo me veo a mí mismo y como percibo a los demás y al mundo. La mente crea un estilo que tenderá a utilizar en todas las relaciones.

Son rasgos de personalidad, perfiles afectivos que definen un modus operandi, una dinámica del intercambio emocional. Si estos modos de procesar la información son distorsionados y están influidos por creencias irracionales, la propuesta será insensata e impedirá un acople y un acuerdo entre las partes. Por ejemplo, un individuo paranoide se verá a sí mismo como vulnerable a los ataques de los demás. Percibirá el mundo como un lugar demasiado peligroso y a la gente como esencialmente mala. Esta visión de la realidad propia y ajena lo llevará a estar a la defensiva y listo para el contra ataque. Será así en todos los órdenes de la vida, incluso en lo afectivo. Pensará que su pareja quiera aprovecharse de él (en el caso de la personalidad paranoide son más hombres que mujeres), que le será infiel, que es mejor no entregarse afectivamente porque ello implicará bajar la guardia y quedar a merced de las malas intenciones del otro, sentirá un impulso irrefrenable por vigilar, escudriñar, revisar y monitorear cada comportamiento de la persona que dice amar, mantendrá oculta información que considere relevante, en fin, montará un búnker defensivo totalmente incompatible con un amor saludable y cuya victima será la mujer investigada: esposa, novia o amante. Incluso los hijos pueden entrar en la lista negra.

¿Cómo amar tranquila y felizmente a quien desconfía de ti y solo establece un vínculo tan suspicaz como ofensivo?

Los amores tóxicos no son casos aislados en un hospital mental, ellos y ellas andan entre nosotros con su patología a cuestas, tirando redes y captando adeptos amorosos.

¿Quién se engancha a estas propuestas?: aquellos o aquellas cuyos déficit son aparentemente subsanados por el que sustenta el amor tóxico. Por ejemplo, las personas desconfiadas suelen ver en el paranoide la posibilidad de establecer una curiosa forma de alianza estratégica para protegerse del mundo hostil. De manera similar alguien tímido y muy introvertido percibirá el asilamiento social del sujeto vigilante como una feliz coincidencia. El problema ocurre al poco tiempo, cuando una vez enganchados, la pesadilla del control persecutorio hace su aparición.

Es mejor prevenir que curar y tomar consciencia antes del flechazo. Es claro que con el amor no basta, hay que sopesar ventajas y desventajas y sobretodo saber si algunas propuestas afectivas pueden realmente hacernos daño. No digo que nos volvamos obsesivos, más bien se trata de una alerta naranja, al menos hasta que los candidatos muestren sus cartas. Y entonces: si todo transcurre adecuadamente y no se ven moros en la costa, poner el pie en el acelerador, pero si la cuestión no pinta bien, frenar en seco y bajarse, sin culpas ni miramientos.

Walter Riso

 

Contacto

Ayuda 100% confidencial, profesional y con calidez humana.
Lic. Miguel Ángel Pla
Correo: direccion@miguelpla.com
Teléfonos:
Consultorio (81) 8143-0123
Celular 811-165-9270
Esquina Ave Sertoma y Ave la Clínica Hospital San Lucas
Segundo Piso Consultorio 202
Entrada por Ave Sertoma, frente al estacionamiento del Hospital San José

Para su mayor comodidad tenemos dos opciónes de consulta:
Consulta Presencial y Consulta Telefónica

Nombre
Correo
Teléfono
Mensaje

Su mensaje fue enviado exitosamente.
Error! Por favor revise los campos.
MIGUEL PLA PSICOTERAPUETA © DERECHOS RESERVADOS 2014