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Pelear la vida. A regañadientes, a las malas, con las uñas, como quieras, pero no hay otra opción. Puedes sentarte a llorar tu mala suerte, a lamentarte de la “injusta” soledad, a sentir lástima por tu aporreado yo y autocompadecerte. O por el contrario, puedes levantar cabeza y aplicar una dosis de racionalidad a tu desajustado corazón.

Si te dejó, si se fue como un soplo, si no le importaste, si te hizo a un lado con tanta facilidad, si no valoró lo que le diste, si apenas le dolió tu dolor, si decidió estar sin tu presencia, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que no te merece?.

Y si te dejó porque ya no te ama, porque se le agotaron los besos, y hasta la más simple de las caricias se le convirtió en tortura, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que ya no te ama?

¿Y no será, que si fue cruel o se le terminó el amor, ya no tiene sentido insistir en resolver lo que ya está resuelto? ¿No será que hay que quemar las naves, cerrar el capítulo y dirigir la atención a otra parte? No se trata de no sufrir, sino de darle al sufrimiento un giro y elaborar el duelo (resignarse a la pérdida). No preocuparse por lo que podría haber sido y no fue, sino por que es.

Lo curioso del despecho es que los que han sido abandonados, casi siempre terminan por autocastigarse: “Si la persona que amo no me quiere, no merezco el amor” o “Si la persona que dice quererme me deja, definitivamente no soy querible”. La consecuencia de esta manera de pensar es nefasta. El comportamiento se acopla a la distorsión y el sujeto intenta confirmar, mediante distintas sanciones, que no merece el amor. Veamos cuatro formas típicas de autocastigarse que utilizan los “abandonados”:

  1. Estancamiento motivacional: “No merezco ser feliz, entonces elimino de mi vida todo lo que me produzca placer” (autocastigo motivacional)
    2. Aislamiento afectivo: “No merezco a nadie que me quiera. Cuánto más me guste alguien, más lo alejo de mi lado” (autocastigo afectivo)
    3. Reincidencia afectiva negativa: Buscar nuevas compañías similares a la persona que nos hizo o todavía nos hace sufrir (profecía autocastigante)
    4. Promiscuidad autocastigadora: Entregarse al mejor postor, “prostituirse” socialmente o dejar que hagan de uno lo que quieran (autocastigo moral)
    Me preguntó, ¿Y no será que de pronto no eres tan culpable como crees, y que no haya ni buenos ni malos, vencedores y vencidos?

Ahora que te dejó, hay que comenzar a vivir de otra manera. Retomar lo bueno que tenías olvidado y arrancar. Todos somos capaces de recuperarnos del fracaso afectivo. Al principio duele hasta el alma, pero al cabo de un tiempo, si eliminamos el autocastigo, la mente empieza reponerse.

Piensa en las pérdidas que has tenido anteriormente en tu vida, y cómo ahora, no te producen ni rasquiña. Es muy probable que dentro de un tiempo, esta última decepción, la que ahora estás padeciendo, quede reducida a un recuerdo insípido y descolorido.
Y mientras tanto, te toca sobrevivir. Evitar caer en los puntos a, b, c y d. Rodearte de amigos y amigas de verdad, porque la amistad cura. También puedes acceder a la vida espiritual que tenías abandonada, y no me refiero a encerrarte en un templo, sino revisar tu sentido de vida. Las crisis activan la autobservación y nos obligan a mirarnos desde una óptica nueva.

Siempre habrá alguien, testarudo y persistente, que nos quiera a pesar de todo. A esta hora, en algún lugar de la ciudad, hay una persona desconocida que aún no conoces, dispuesta a contagiarte de amor, que pronto entrará a tu vida. Es solo cuestión de tiempo.

 

Pensamientos negativos.  No siempre conscientes y a veces como expiación, afectan tu autoestima a diario.

Llevamos internamente la dudosa cualidad de sobregeneralizar a partir de nuestras metidas de pata y colgarnos etiquetas que funcionan como lápidas.

En un antiguo monasterio, un discípulo cometió un grave error y a raíz de ello se dañó un sembrado de papas. Los demás esperaban que el Instructor Principal, un anciano venerable,  le aplicara un castigo que sirviera de ejemplo. Pero cuando al cabo de un mes vieron que no pasaba nada, uno de los discípulos más crítico le dijo al viejo instructor: “¿Cómo puedes ignorar lo sucedido? Después de todo, Dios nos ha dado ojos para mirar…”. “Claro”, respondió el anciano, “pero también nos dio párpados”.

Si no es cuestión de vida o muerte a veces es bueno hacer la vista gorda, relajar la atención focalizada y dejar que las experiencias  ocurran sin ponerle tantas condiciones. Recuerdo una mujer que estaba sentada a mi lado en un viaje por los lagos del Sur cruzando de Argentina a Chile, cuando me dijo en un momento: “¿Usted no cree que esa montaña está muy tirada a la derecha?”. Algunas cosas son como son, y punto.

Sobrevivir a los mandatos sociales. Ser indulgente de tanto en tanto con tu aporreado “yo” y desmontar el terrible  arsenal de la flagelación como método para crecer: “¡Date duro!”, “¡Saca callos!”,  es ser parte de resistencia. La vida no es un curso acelerado de artes marciales autodirigidas. Cuando te acercas a ti mismo con ternura y autocompasión, con tolerancia y sin autocastigo,  todo fluye mejor. Cuando estés cara a cara con el  desprecio o el odio hacia tu persona, repite para ti: “Que la paz sea conmigo”. Date la mano y abrázate.  Y lo demás, aquello que obrará como un bálsamo,  no será un milagro, será tu decisión más íntima de quererte hasta reventar.

 

Hay un precepto en las relaciones afectivas que no cambia ni cambiará, aunque los amigos del romanticismo entren en crisis y protesten: “Nos sentimos atraídos por quienes nos satisfacen y gratifican”.

Es la teoría de la gratificación de la atracción: elegimos a quienes nos brindan la mayor cantidad de estimulación positiva. ¿Amor lucrativo, interesado?: parecería que sí, aunque no de manera consciente y acaparadora, solo un poco. La susceptibilidad hacia el refuerzo forma parte de nuestra herencia más arcaica: buscamos el placer y escapamos al dolor, es la mecánica natural de la supervivencia.

Se sabe que las parejas con problemas tienden a presentar una baja tasa de intercambios positivos y una alta tasa de coerción, castigo o indiferencia, y que uno de los mejores tratamientos es precisamente incrementar la frecuencia de los intercambios positivos ¿De qué otra manera podríamos generar alegría en la relación? Una buena relación es esencialmente gratificante.

Según el modelo del intercambio social una relación afectiva satisfactoria se concibe como un sistema de interacción sustentado por un intercambio de elementos reforzantes entre ambos miembros. Así, las personas pueden se consideradas como dadoras y/o receptoras de todo tipo de información, estimulación y afecto incluido. Por lo tanto, la amistad de pareja se fortalece en aquellas relaciones donde sus miembros son tan dadores como receptores. La fórmula es sencilla: recibir con agradecimiento las recompensas y entregarlas con desprendimiento.

Tal como la experiencia indica, si los castigos prevalecen sobre los reforzadores, el amor deja de ser amigable. No niego que a veces el deseo, eros, prevalece aún en situaciones de evidente maltrato, pero la amistad de pareja no es tan ciega: los “amigos” que nos lastiman se marchitan en un instante. La amistad se rige principalmente por la alegría: “Amar es alegarse”, decía Aristóteles. Y el júbilo de estar bien con la persona amada tiene mucho que ver con el número y la calidad de las gratificaciones, ya sea materiales, emocionales o ambas.

Es verdad que una buena relación comparte todo: lo agradable, lo útil, lo bueno y lo malo, pero lo importante es que el balance sea positivo. Es imposible sostener una relación donde el balance sea negativo, el sufrimiento, tarde que temprano, inclinará la balanza hacia el desamor. Adoptar una actitud totalmente “desinteresada” y purista frente a los reforzadores naturales, espontáneos y bien intencionados que deben existir en cualquier relación, es errar el camino. A todos nos seduce el abrazo, el piropo, la caricia, el detalle. Esa es la dinámica motivacional de la convivencia.

Cicerón hablaba de la amistad como un intercambio recíproco de favores, ayuda mutua o devolver un favor con otro. Sin llegar a ser tan puntillosos y milimétricos, hay mucho de cierto en sus palabras. En la vida cotidiana, las parejas mejoran sustancialmente cuando deciden preocuparse más por el bienestar de su compañero o compañera. La buena convivencia afectiva es la mezcla ponderada y racional entre lo concupiscente (recibir beneficios) y lo benevolente (entregar bienestar).

Nuevamente Aristóteles y su realismo: “La amistad dura más cuando los amigos reciben las mismas cosas el uno del otro”. Yo diría, similares más que iguales. Y esto nos lleva a otro punto, la repartición justa y equitativa de los reforzadores, es decir, al sentido de justicia que a veces es inseparable del amor.

 

Ser muy distintos, en las parejas, no produce afinidad sino rechazo e incomodidad.

Un fanático del racismo emparejado con una activista de los derechos humanos no sería una feliz combinación. Como tampoco lo sería un sujeto violento por naturaleza con una mujer pacifista por convicción. Y no hablo de atracción física, sino de convivencia. En ocasiones la gente prefiere ignorar las disparidades, tapar el sol con el dedo y seguir con la relación como si nada pasara. Dos ejemplos.

Recuerdo el caso de una señora extremadamente devota casada con un hombre ateo cuyo hijo padecía de un desorden de ansiedad severo. En el tema religioso, ella no daba el brazo a torcer ni él tampoco. El problema se hizo manifiesto cuando el niño cumplió cuatro años y hubo que decidir a qué colegio iría. A partir de ese momento se desencadenó una lucha sin cuartel. La obra teatral Equs, de Peter Schafer, es un buen ejemplo de cómo la información contradictoria puede desencadenar alteraciones mentales. En la obra en cuestión, el padre del protagonista reemplazaba cada vez que podía, el crucifijo  que se hallaba sobre la cama de su hijo por la foto de un caballo, y la madre, con la misma insistencia, hacía lo contrario. Alan, el personaje central cuyo diagnóstico era de esquizofrenia, termina por cegar con un punzón a varios caballos cuando estaba haciendo el amor con su novia en una caballeriza. En el caso de la señora religiosa y su esposo ateo, todavía siguen juntos. Pese al daño que le han hecho a su hijo y a ellos mismos, una testarudez irresponsable los empuja a continuar enfrascados en una batalla sin sentido y sin solución.

Hace unos años atendí a una pareja totalmente dispareja que llevaban un año de novios. Ella era una mujer de treinta y dos años, muy atractiva, de un estrato social alto, católica practicante,  bastante culta y apasionada por la lectura y arte. Él  tenía veintitrés años, era aprendiz de mecánico, vivía en una habitación prestada porque su padre lo había echado a la calle, no le interesaba leer, su afición eran las motocicletas, pertenecía a una secta agnóstica y era adicto a la cocaína. Los pleitos y las escaramuzas eran constantes, así como los problemas sexuales y las agresiones de parte y parte debido a que ambos eran celosos. La cita la había pedido el padre de la “novia” esperanzado en que alguien hiciera cambiar de opinión a su hija. Sin embargo, pese a los intentos terapéuticos para que al menos tomaran consciencia de que sus diferencias eran de fondo y no de forma, ambos insistieron en que eran “tal para cual”. Finalmente se casaron porque ella quedó embarazada y tuvieron una niña. Después supe que él la había dejado por otra.

Si  bien es cierto que la parejas no vienen listas de fábrica y debe haber un acople de parte y parte, hay algunas que son definitivamente incompatibles. Como las piezas de dos rompecabezas distintos: podemos encajarlas a la fuerza, pero el resultado final será una imagen distorsionada

 

“Llevo doce años de novia pero estoy comenzando a cansarme… el problema no es el tiempo sino el trato que recibo… No, él no me pega, pero me trata muy mal… me dice que soy fea, que le produzco asco, sobre todo mis dientes, que mi aliento huele a… (llanto)… lo siento, me da pena decirlo…, que mi aliento huele a podrido… Cuando estamos en algún lugar público, me hace caminar delante para que no lo vean conmigo, porque le da vergüenza…Cuando le llevo un detalle, si no le gusta me grita “tonta” o retrasada”, lo rompe o lo tira a la basura muerto de rabia… Yo siempre soy la que paga. El otro día le lleve un trozo de tarta y como le pareció pequeño, lo tiró al suelo y lo aplastó con el pie… Yo me puse a llorar… Me insulto y me dijo que me fuera de su casa, que si no era capaz de nada… Pero lo peor es cuando estamos en la cama… a él le fastidia que lo acaricie o lo abrace…Ni que hablar de los besos…Después de satisfacerse sexualmente, se levanta de inmediato y se va a bañar… (llanto)… Me dice que no vaya a ser que lo contagie de alguna enfermedad… que lo peor que lo puede pasar es llevarse algún pedazo de mí… Me prohíbe salir y tener amigas, pero él tiene muchas… Si yo le hago algún reproche de por qué sale con mujeres, me dice que terminemos, que no va aguantar una novia insoportable como yo…” (amar o depender – Walter Riso)

¿Qué puede llevar a una persona a resistir este tipo de agravios y someterse de esta manera? por buscar alguien de quien recibir amor, una persona puede creer que el amor lo es todo, bajo la supuesta pasión amorosa el dependiente necesita, reclama, depende… pero no ama libremente, y por supuesto el dar este tipo de trato esta más cerca de la exigencia y la manipulación que del amor.

Debajo de un “pero a pesar de todo…yo lo ( la ) quiero” se esconde miedo a la soledad, una necesidad de ser querido, de ser necesitado, de tener su aprobación, todo lo hago por ti, trato de complacerte, estoy a tu disposición, para lo que quieras… y cuando quieras, si me necesitas, hasta puedo creer que me estas queriendo… el ser necesitado ser parece tanto al amor…

Ante la frase “pero no puedo vivir sin él ”, “pero no puedo vivir sin ella”, el sentimiento del amor es la variable más importante de una relación afectiva de pareja, no siendo la única, el respeto, la confianza, el deseo, los gustos, la ética, los valores, el humor, la ideología, la sensibilidad y cien cosas más, capitular como persona, bajo el disfraz de un sucedáneo del amor no es sano, y además no es cierto que no puedas vivir sin él, por mucho que te pese admitirlo… y lo que es peor, por mucho que imagines es falso que él no pueda vivir sin ti… en el amor, si hay dependencia afectiva no es amor, el amor es un arte y como tal hay que aprenderlo.

 

<Cuando el amor llega a tu vida todo se torna color de rosa y nunca imaginas qué puede pasar si la relación se termina; si esto sucede, el mundo se termina, tus planes de vida desaparecen, no hay fuerzas que te permitan seguir y lo que quieres es huir, ya que el único sentimiento que te queda es dolor. Pero el mundo no ha terminado, si es algo que te duele, vive tu duelo; lo que tengas que llorar, hazlo y una vez que estés listo es momento de comenzar y hacer un cambio de vida.

Comienza por aceptar que la relación se terminó: este es el primer paso para recuperar tu vida, cuando se acepta lo que sucede, empieza a doler menos. Si esa persona se fue, sin duda otra llegará.

Corta todo tipo de contacto: si se terminó olvida las llamadas, los mensajes, elimínalo del Facebook y todo contacto donde puedas obtener información de su vida, si sigues pendiente de lo que hace, no podrás retomar tu vida y seguirás cargando con la suya.

No luches por olvidar: vive tu sufrimiento, no se trata de ir contra corriente en la vida, es algo que te duele si es real; ¿quieres llorar? hazlo, desahógate, no va a pasar nada, poco a poco el tiempo irá curando la herida y el sufrimiento desaparecerá.

No te aferres a vivir en el pasado: si algo tienes que hacer es enterrar lo doloroso y tormentoso que viviste; si llega alguien más en tu vida no vivas con el temor de que va a suceder lo mismo o trates de hacer lo que hacías con tu ex pareja, vive el momento y disfruta sin miedos, de lo contrario, volverás a fracasar en tu relación.

Busca a tus amigos: relacionarte con todos ellos y tus familiares te ayudará a superar más rápido este difícil momento, ya que ellos te inyectarán nuevas energías; el tiempo pasará más rápido y te divertirás mucho, tendrás un momento agradable y verás que no es tan malo estar solo.

Practica deporte: Hacer ejercicio, además de dar mayor salud a tu organismo, ayudará a tu bienestar emocional; caminar, correr, pasear en bicicleta, cualquier actividad te relajará, despejará tu mente y tranquilizará tu vida.

Reinvéntate: Bien dicen que el ave renace de las cenizas y así tenemos que adoptar esta conducta los seres humanos; si te sientes en el suelo, haz que ese dolor se convierta en fortaleza y te ayude a reinventar tu vida, no hay nada que la voluntad no pueda superar.

Es cierto que estar acostumbrado a vivir en una relación de pareja da muchas satisfacciones a tu vida, pero todos debemos estar preparados para cuando el desenlace llegue, ya que nada en esta vida es eterno, toda pérdida duele, y mucho, pero los seres humanos tenemos la capacidad de seguir adelante; en tu interior existe una gran fortaleza que siempre te ayuda a seguir, no puedes permitir perder el control de tu vida, solo tú eres el arquitecto de tu destino y de ti depende con qué colores quieras pintar tu vida.

En el atolladero que nos encontramos no parece haber salida. La globalización, las megatendencias y el ciberespacio nos atrapan como las arenas movedizas, cuanto más intentamos salir, más nos hundimos.

Este desorden existencial, esta Matrix vivencial que nos aleja de nuestra propia realidad, la que queremos construir en libertad y uso de nuestras facultades menos condicionadas posibles, no es fácil de ubicar, porque ser parte de ella, nos confundimos en la maraña ¿Dónde está la salida del laberinto? ¿Hacia dónde dirigirnos?

Una de las opciones facilistas parece ser la del consumismo y la compra de felicidades pasajeras. El deseo ocupa la mayor parte del menú y sus manifestaciones son cada vez más variadas, por eso las nuevas adicciones suelen ser tan extrañas (vg. internet, amor, celular, belleza, adición a tomar agua para “adelgazar”).

Necesitamos cada día más formas de satisfacciones inmediatas, desechables y cambiantes para mantener el cerebro en un estado de aparente equilibrio. Siguiendo a Epicúreo, el placer que añoramos es el “cinético” (que llega intempestivo, nos chuza y se aleja hasta que otra carencia lo llame nuevamente) y no el “placer”  estático que surge de la ausencia del dolor, de estar simplemente bien, sin el malestar a cuestas (no estoy enfermo, no tengo sueño, no tengo hambre o estoy sano, estoy despierto, estoy alimentado). Dicho de otra forma: no vivimos la alegría de no estar sufriendo, no atendemos a ese estado, sino al placer que llega del alivio.

No somos conscientes del bienestar que genera la salud en reposo y preferimos concentrarnos en el impacto del refuerzo positivo. No procesamos la felicidad del reposo o la felicidad en acto, que sugería Epícteto, deseamos más la estimulación, que la ausencia de ella; ruido, más que el silencio. Los momentos de soledad angustian a muchas  persona presa del consumismo, porque a solas  deberán  adentrarse en sí mismas, afrontar la propia identidad generalmente fragmentada por los intereses creados desde afuera. Habitar el mundo, es también ocuparse de uno y ver el “yo” desde adentro.

La mente libre se opone a la subyugación y a perder el norte. Es rebelde, promueve la contracultura y se reafirma en una forma de resistencia individual, que aunque no cambie de manera radical al mundo, al menos permita elegir sensatamente. No busca el nirvana ni la beatitud, se conforma con ser ella misma, con gobernar su mundo interior y dejar por fuera lo que la destruye. Siguiendo algunas enseñanzas de la antigüedad, que han permanecido limpias, al menos en sus fundamentos, yo diría que una mente libre promueve o se apropia de tres aspectos:

  • La ataraxia o tranquilidad del alma, serenidad, no ansiedad o preocupación. La imperturbabilidad del ánimo o la menor turbulencia posible.
  • La autarkeia o autonomía, independencia, el autogobierno, la libertad de orientar la propia vida como se nos de la gana, hacerse dueño de ella
  • La apatheia o impasibilidad e indiferencia a todo aquello que pueda poner las pasiones y las emociones negativas fuera de control.

Las tres unidas forman un bloque de oposición a la despersonalización, una vacuna que facilita la reorientación del yo. Poder estar anclado en uno, sin perderse como una rueda suelta en universo de la oferta y la demanda, dignifica. Si logramos alejarnos de las necesidades vanas, ordenar los deseos sin que nos dominen y eliminar los temores irracionales, estaremos muy cerca de la liberación interior

La mente libre no es un estado, sino un movimiento dinámico que va reacomodándose sobre la marcha, es un proceso vivo y creativo, especialmente sensible, que orienta el organismo hacia fines saludables. La mente libre es fiel a sus talentos naturales, no se deja seducir fácilmente y ejerce el derecho a decir no. Y por hallarse en una elaboración constante, está muy cerca de la sabiduría, así no logre alcanzarla nunca. El sabio ya sabe vivir, la mente libre esta en condiciones de aprender a vivir y a resistir. Es un estadio previo a la plenitud, por decirlo de alguna manera. Una diferencia de grado infinitamente complejo y bellamente simple.

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Amistad amorosa: gozar de la persona amada sin angustia y con benevolencia. Me alegra tu alegría, me complace verte feliz. Amor compañero: el cariño que sentimos por aquellos con quienes nuestras vidas están profundamente entrelazadas.

Algunos psicólogos no ven con buenos ojos la amistad de pareja y tienden a separar el amor de compañerismo, de la libido. Por ejemplo,  Stemberg, dice al respecto:

“El amor de compañerismo es el resultado  de los componentes intimidad y decisión-compromiso del amor. Se trata, esencialmente, de una amistad comprometida, de larga duración, del tipo que frecuentemente en los matrimonios en los que la atracción física una fuente primordial de la pasión,  ha disminuido”

Hacer incompatible el compañerismo de pareja con el deseo, es crear una falsa dicotomía. ¿Quién dijo que el compromiso voluntario que nace del “querer simpático” es irreconciliable con la chispa de eros? O por el contrario, ¿no será que el sexo maduro, el que surge de la buena convivencia, posee la cualidad, el cuerpo y el aroma de los vinos añejos?. No se trata de excluir la pasión del compromiso, sino de integrarlos en un amor más unificado y completo. Nadie niega que con el paso de los años la atracción física disminuye, pero tal como he dicho antes, la sal, el gusto por la relación, puede estar en muchos otros elementos.

El filósofo Vernant, sin duda más realista, se refiere a la amistad de pareja como una relación entre camaradas:

“Ser camaradas es ser amigos en el día a día. Cuando se ha comido se ha bebido y reído juntos y se han hecho también la cosas importantes y serias, esta complicidad crea tales vínculos  afectivos que solo se puede sentir llena la propia existencia en y por la proximidad del otro”

Los compañeros de abordo, como decía Brassens en una de sus canciones. En los años sesenta la palabra “camarada” fue adoptada por el partido comunista para referirse a los que “militaban en el mismo bando y compartían las mismas ideas”. La dimensión política del amor: personas comprometidas con la misma causa, independiente que sean de derecha o izquierda.

Según Aristóteles, “comunidad” es la asociación de dos o más individuos que tienenintereses comunes y que participan en una acción común. En un sentido similar, los psicólogos sociales describen dos tipos de alianza afectiva: relaciones de intercambio y relaciones comunitarias. En las primeras se llevan cuentas y se hace un permanente balance costo-beneficio. En las segundas, los cálculos no son tan importantes porque  el saldo nunca está en rojo, nadie se aprovecha del otro.

Amistad amorosa: comunidad afectiva de dos que se desean. No solamente eres “mi amor”, lo cual es entendible y hasta lógico porque te amo, sino alguien más fundamental, más cercano, más philico: eres “mi compañera (o)”. ¿Compañera (o) de qué?: de intimidad, de vida, de sueños. Hacer el amor con la mejor amiga o amigo, esa es la amistad de pareja.

 

Si queremos modificar los paradigmas que tenemos sobre las relaciones afectivas, debemos revisar nuestras concepciones tradicionales sobre el amor en general y el amor de pareja en particular a la luz de un conjunto de valores renovados. En realidad, no sé si Dios es amor, pero de lo que estoy seguro es que el amor interpersonal humano, el que nos profesamos en el día a día y aquí en la tierra, está bastante lejos de cualquier deidad.

Hay al menos cuatro “valores” que han sustentado un amor convencional negativo para la salud mental, los cuales llevamos a cuesta como una obligación histórica que trasmitimos de generación en generación mecánicamente. Gran parte de nuestras relaciones interpersonales y afectivas se rigen por estos principios, que insisto, hemos incorporado a nuestros esquemas como verdades absolutas. Mientras exista este fundamentalismo sentimental estaremos condenados a un sufrimiento absurdo que nos impide vivir el amor de manera libre y relajada.

El primer valor a revisar es el de la fusión amorosa. La obstinación de querer ser uno donde hay dos. “Mi media naranja”, “Mi complemento”, “Mi alma gemela”: pura adicción, pura simbiosis. Un solo espíritu, una sola alma, un solo cerebro, un manojo de ideas amalgamadas hasta el hartazgo. Adiós al asombro. Las “almas gemelas”: ¿no sería mejor, más fácil y pragmático, al menos para los que no vivimos en el “plano astral”, buscar una forma de unión más aterrizada? ¿Qué hacer?: cambiar la fusión por el valor de la solidaridad: estar unidos, en comunidad y de manera participativa. Dos individualidades que se vinculan, porque amar la diferencia es amar dos veces. Estar sindicalizados en el amor.

El segundo valor es el de la generosidad amorosa. No es que esté a favor de la tacañería, lo que ocurre es que en la relación de pareja siempre esperamos algo (en la generosidad no). Si eres fiel, esperas fidelidad; si eres tierno, esperas ternura; si das sexo, esperas sexo, en fin: esperamos. Es más saludable agregar a los brotes espontáneos de generosidad, el valor de la reciprocidad. Justicia distributiva (Aristóteles) y justicia conmutativa (Santo Tomás). El amor recíproco da y recibe. Amor de ida y vuelta, equilibrado, justo, ético. No milimétrico, sino proporcionado

El tercer valor es la obligación o el deber conyugal. Las relaciones afectivas cuyo vínculo se instala sobre la base de los imperativos se van agotando a sí mismas. La relación amorosa no puede ser una exigencia. No se trata de estar con quien porque se debe estar, sino estar con quien se quiere estar. Los deberes son necesarios para cualquier tipo de convivencia siempre y cuando no afecten la dignidad de nadie. El deber razonable y bien concebido es un cimiento para el respeto, pero el deber inexorable e irracional tiende a justificar todo tipo de violaciones. Hay que convivir con el deber razonable y pasarle por encima al deber irracional. Es mejor completar las obligaciones, contratos y juramentos con el valor de la autonomía. Autogobierno, independencia personal con ayuda de la razón. ¿Cómo potenciar el “yo auténtico” si no somos libre de desear lo que queremos y de afirmarnos en lo que pensamos?.

El cuatro valor es la tolerancia. Si alguien dijera yo tolero a mi pareja, no apostaríamos cinco centavos por esa relación ¿Hay que tolerarlo todo? Obviamente no. Al igual que cualquier principio de vida, hay que fijar límites. Aunque la palabra tolerancia posee una acepción positiva (pluralismo, democracia), “tolerar”, de acuerdo a un reconocido diccionario de sinónimos, también quiere decir: soportar, aguantar, sufrir, resistir, sobrellevar, cargar con, transigir, ceder, condescender, compadecerse, conformarse, permitir, tragar saliva, sacrificarse. Es más inteligente recurrir al valor del respeto. Reconocer al otro como un interlocutor válido, que tiene algo importante qué decir y a quien vale la pena escuchar en serio. Mucho más que tolerar, sin duda.

Los cuatro valores guía que he propuesto tienen arraigos en grandes movimientos a favor de la dignidad. Los tres primeros responden a la Declaración de los derechos del Hombre y el Ciudadano y el cuatro valor se desprende claramente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El amor saludable y valioso, es compatible con ambas manifestaciones.

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Kant afirmaba que la felicidad es la satisfacción de todas nuestras necesidades, es decir, una felicidad tan inalcanzable como angustiante porque viviríamos en un estado de constante frustración.

Esta dicha idealizada, paradójicamente, se convierte en un aversivo, ya que la calma se pierde ante una exigencia conceptual desproporcionada y especialmente rígida. “Todas las necesidades…”, es mucho pedir para seres tan imperfectos como nosotros. La certeza solo existe fuera de este mundo y, a no ser que sigamos a Pascal, la mayoría espera sentirse bien aquí en la tierra: si para ser feliz debo esperar otra vida, pues no tiene sentido plantearme cómo quiero pasarla bien en ésta.

La búsqueda de la felicidad es una aspiración que acompaña al ser humano desde sus orígenes, así le hayamos puesto distintos calificativos a lo largo de la historia. El hombre, de manera consciente o inconsciente, se siente impulsado, tanto hacia el placer voluptuoso como hacia la tranquilidad del alma, el regocijo sereno y un bienestar que vaya más allá de la turbulencia inmediata de las sensaciones. Los griegos la llamaban: eudaimonismo.

Habría que preguntarse si cuando hablamos de felicidad estamos hablando de un estado, un lugar al cual hay que llegar, un Nirvana, o si más bien nos referimos a un proceso y un camino por dónde transitar, obviamente con sus altibajos inevitables.

Una actitud más realista sobre la felicidad implicaría asumir dos premisas: (a) que ella no se encuentra en las metas sino en la forma de alcanzarlas y, (b) que ella no responde al principio del todo o nada (puedes ser más o menos feliz).

Un pregunta que aún no ha sido respondida adecuadamente se refiere a si la felicidad se genera más ante la recepción de estímulos positivos o a ante la eliminación de los estímulos negativos. Según expertos en el tema, cuando en las encuestas los individuos responden que sí son felices, esto no significa que ellos estén constantemente alegres y plenos, sino que no son desdichados.

Si alguien ha pasado por momentos adversos y difíciles y en consecuencia se ha sentido profundamente abatido y deprimido, valorará a no sentirse así en el futuro.

“¿Usted es feliz?”: “Pues no estoy en la olla, he tenido momentos muy malos y afortunadamente ya he salido de ellos… Estoy bien…”. Una felicidad más modesta, más realista, menos eufórica, más inteligente dirían algunos. Es el placer estático de Epicúreo: agradecimiento de que no haya dolor y una buena dosis de frugalidad que otorga la sabiduría: “Tráeme un queso y un pan que quiero darme un festín”. Estar lejos del padecimiento también es alegría, es una condición necesaria para sentirse feliz o no sentirse desdichado.

Finalmente, un tercer aspecto surge cuando se estudian las relaciones entre deseo y felicidad. Según Hobbes, el ser humano siempre quiere más y no puede vivir sin desear, pero como el deseo es carencia, solo estaremos motivados si nos falta algo. Dicho de otra forma, si la felicidad es la obtención de todos mis deseos, ¿que mantendrá mis ganas de vivir, luego de obtenerlos? ¿Dónde encontraríamos reposo? Porque de ser así, habría que estar siempre con la mirada puesta en el futuro, cuando lo que atestiguan las tradiciones espirituales y filosóficas más serias es que la serenidad que acompaña la felicidad solo se obtiene en el presente.

En otras palabras, la estrategia que se recomienda es traer el deseo al aquí y el ahora y quitarle la connotación temporal: desear (disfrutar) lo que se tiene y lo que se está haciendo.

Dicha realista: establecer una relación inteligente con uno mismo, no andar por la nubes ni sobre exigirse con imperativos irracionales. Yo empezaría por la ausencia del sufrimiento, que ya es mucho, que es una gracia, y como toda gracia, un goce.

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