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El “yo” y los “otros”
CUANDO ESTAMOS FRENTE a otro ser humano, nuestra atención se concentra en dos aspectos: lo que yo
hago y lo que el otro hace. Evaluación y autoevaluación, mirar y mirarse, observar y autoobservarse, dos
procesos inseparables que definen toda relación social.
Un paciente tímido, con problemas de autoestima, me decía que nunca coincidían ambas evaluaciones: “Hay
días en que me siento bien conmigo mismo, me siento más grande, más importante, mi ego se infla… Pero casi
siempre ocurre algo negativo en mi entorno social y me tira al suelo: una crítica, un comentario mordaz sobre mi
figura o mi manera de ser, alguien que no me saluda, en fin, siempre pasa alguna cosa… Y en otras ocasiones,
me levanto con un yo lastimoso, me siento como una cucaracha, me da vergüenza lo que soy… Y ese día, justo
ese día, llegan los refuerzos, los halagos, los buenos comentarios. La verdad es que estoy harto, ¿cómo hago
para que el mundo coincida conmigo?”.
Hay una sola respuesta posible al interrogante de mi atribulado paciente: Mantenga el “yo” arriba todo el tiempo,
independientemente de lo que el medio haga o diga, y sólo enconces coincidirán ambas visiones.
Yo y otros, otros y yo, autopercepción y percepción: la doble faz de nuestra mente tratando de identificarse a sí
misma. Una identidad móvil que nunca se completa, que jamás se acopla totalmente, pero que puede
mantenerse tan alto como queramos.
De estas dos operaciones mentales surge el modo en que nos relacionamos con la gente. Si nos sentimos
seguros con nosotros mismos (evaluación del “yo”), y percibimos a las personas significativas que nos rodean
como amigables y no amenazadoras (evaluación de los “otros”), nos sentiremos cómodos, espontáneos,
tranquilos frente a los demás: el miedo a la evaluación negativa será mínimo o nulo.
Pero si salimos mal parados en cualquiera de las dos evaluaciones, el equilibrio se altera, el temor se convierte
en un problema y es probable que la fobia social o el trastorno de ansiedad social haga su aparición. Nos
sentimos rechazados, tensos e incapaces de actuar con libertad.
La prevalencia a la fobia social (es decir, la frecuencia con que la enfermedad aparece en un grupo o región
determinada), fluctúa entre el 3 y el 13 por ciento. Es decir, en una población de dos millones de habitantes,
¡habrá alrededor de 200.000 personas con problemas de ansiedad social! Una verdadera urbe de individuos
angustiados, incapaces de resolver su dilema fundamental: quiero y necesito a la gente, pero me asusta lo que
ellos puedan pensar de mí. Si me alejo, me deprimo, y si me acerco, el miedo me inmoviliza.
Como puede deducirse, si una persona teme hacer el ridículo, verse tonta o actuar inapropiadamente, la
asertividad se convierte en el peor de sus enemigos, porque la expresión de sentimientos la desnudaría, la
mostraría tal cual es y sacaría a la luz su vulnerabilidad; ya no podría esconderse y escapar al escarnio público,
real o imaginado. La mayoría de las personas socialmente ansiosas muestran una marcada ambivalencia ante la
posibilidad de ser asertivos: les gusta la idea, pero no les agrada exponerse.
Cabe recordar que los ansiosos sociales son expertos camaleones, genios del disfraz y de las máscaras. Una
paciente experta en pasar desapercibida, me decía: “¿Cómo se le ocurre proponerme eso de la asertividad?
¡Parecería que no ha entendido mi caso! ¡Si me muestro como soy, me van a ver como soy! ¡Dios mío, qué
vergüenza! No me complique la vida aún más… Vea, yo quiero ser menos ansiosa con la gente, pero sin darme
a conocer, estando oculta, ¿me entiende?… Tanta honestidad y espontaneidad me pone los pelos de punta…
No, no, definitivamente nada de asertividad… ¿No hay alguna forma de hipocresía saludable o deshonestidad
positiva que me pueda servir?”.
El rostro ajeno nos define y nos reglamenta en algún sentido. La mirada del otro es el origen de la evaluación
interpersonal y, probablemente, como decía el psicoanalista Ericsson, el inicio de una emoción tanto o más
perturbadora que la culpa, una emoción más demoledora y antigua, difícil de erradicar, casi arquetípica: la
vergüenza.
Para muchos autores, el miedo a la evaluación negativa o a proyectar una mala imagen social está íntimamente
ligada a la vergüenza, tanto, que algunos la consideran una “emoción social”, pariente cercana a la culpa.
En los siguientes apartados veremos cómo la ansiedad social puede interferir en el comportamiento asertivo y
bloquearlo. Aunque el miedo interpersonal puede manifestarse de muchas maneras, señalaré los factores más
relevantes:
La vergüenza de sí mismo.
El miedo a dar una mala impresión y la necesidad de aprobación.
El miedo a sentirse ansioso y a comportarse de manera inapropiada.
El miedo a las figuras de autoridad

El MIEDO A EXCEDERSE con la asertividad y a dañar psicológicamente a los otros suele ser una de las
interferencias más significativas del aprendizaje asertivo. El choque interior suele ser duro. De un lado, está la
necesidad de autoafirmarse, y del otro, el impedimento que marcan las creencias sobre lo que está bien lo que
está mal: lo que debe y no debe hacerse, el miedo a ser socialmente negligente.
Muchos individuos inasertivos muestran patrones exagerados de autoexigencia que los llevan a confundir
derechos con deberes y a sacrificarse innecesariamente, a veces de manera cruel, con tal de no transgredir su
normatividad. Los sujetos perfeccionistas, moralistas y psicorrígidos suelen ser muy autocríticos y con una
marcada tendencia a sentirse culpables por cualquier cosa.
¿Cómo balancear, entonces, la sensación de que soy socialmente desconsiderado con la necesidad
impostergable de no dejarme explotar y/o manipular?
De acuerdo con mi experiencia, para que la asertividad no genere esa mezcla fulminante entre culpa y miedo,
los individuos que intentan ser asertivos deben profundizar y reflexionar sobre tres principios fundamentales:
tolerancia, prudencia y responsabilidad.
La mayoría de las personas con predisposición a sentir culpa por no excederse se van para el otro extremo. Así,
la tolerancia se vuelve ilimitada, la prudencia se convierte en silencio absoluto y la responsabilidad se transforma
en obsesión.
El remedio termina siendo peor que la enfermedad. El objetivo del siguiente análisis es desplazar el fiel hacia los
puntos medios.
El principio de la tolerancia limitada
¿Hay que tolerarlo todo? ¿Habría que tolerar la violación o los asesinatos? ¿Qué haríamos si viéramos a un
señor golpeando a su pequeño hijo frente a nosotros? ¿Lo toleraríamos? ¿Debemos tolerar el abandono infantil,
los genocidios, las estafas o el maltrato?
Muchos autores sostienen que la tolerancia universal e indiscriminada sería condenable moralmente porque
ignoraríamos a las víctimas y seríamos indiferentes al dolor humano. Kart Popper, citado por Sponville, habla de
la paradoja de la tolerancia:
Si somos absolutamente intolerantes, incluso con los intolerantes, y no defendemos la sociedad tolerante contra
sus asaltos, los tolerantes serán aniquilados y junto con ellos la tolerancia.
En nuestra vida diaria ocurre lo mismo: la tolerancia generalizada termina produciendo el síndrome de la víctima
permanente: “La gente siempre se aprovecha de mí”.
Es claro que la tolerancia debe ser limitada. ¿Pero cuál es ese límite? Para Sponville, lo que debe determinar el
límite es la peligrosidad real, afectiva, que un evento o una persona tenga para nuestra libertad.
Es decir, debemos reaccionar ante cualquier acción que afecte nuestra capacidad de expresar lo que sentimos y
pensamos. El criterio estaría determinado por la siguiente pregunta: ¿Es peligroso para mi integridad física o
psicológica ser tolerante en esta situación?
En el lenguaje cotidiano, cuando decimos que toleramos a alguien, lo que estamos afirmando es que lo
“soportamos”, que aguantamos su manera de ser o su manera de pensar. Pero la tolerancia bien entendida, más
que soportar, se refiere a respetar. Tolerar no es padecer a los otros como una carga, sino aceptar y proteger el
derecho a la discrepancia. ¿Pero, qué ocurre cuando la pretendida discrepancia está sustentada en el
fanatismo, el sectarismo o la irracionalidad? Por ejemplo, el Ku Kux Klan es un grupo disidente: ¿debemos
tolerarlo?
La tolerancia es una virtud, pero, sin los límites que define la dignidad personal se convierte en rendición,
dependencia humillante, aniquilación del “yo”. Así como nos indignamos frente a la injusticia ajena, también
tenemos la obligación moral de indignarnos cuando nuestros derechos personales se vulneran. Por eso, no
tolerar a los abusivos es una manera de respetarse a sí mismo, es ejercer el derecho a la resistencia y no
dejarse embaucar por el culto al sufrimiento. Nadie está obligado a subyugarse.
El asertivo es tolerante, a menos que sus preceptos personales sean avasallados: su intención es equiparar
derechos y deberes. El agresivo es intolerante y autocrático: sobrestima los propios derechos y subestima los
ajenos. El sumiso practica una tolerancia excesiva e indiscriminada y, queriendo hacer el bien, se daña a sí
mismo irresponsablemente: subestima los propios derechos y magnifica sus deberes.
El principio de la prudencia y la deliberación consciente
Si no se practica la prudencia, es imposible ser asertivo. La prudencia baja nuestras revoluciones y nos obliga a
pensar antes de actuar. No es que haya que pensar a todas horas y hacer de la racionalización un vicio (hay
veces en que la prudencia es un verdadero estorbo, por ejemplo, cuando hacemos el amor desaforadamente
con la persona que amamos), pero debemos reconocer que “es prudente ser prudente”. La prudencia nos obliga
a deliberar con nosotros mismos, es la que gobierna nuestros deseos y suaviza nuestros impulsos.
Epicúreo, nos habla de la importancia de la comparación y el examen de las ventajas y desventajas, una técnica
muy utilizada actualmente en psicología cognitiva:
Todo placer es una cosa buena, mas no todo placer debe ser perseguido; y, paralelamente, todo dolor es un mal,
pero no todo dolor debe ser evitado a cualquier precio. En todo caso, es conveniente decidir sobre estas
cuestiones comparando y examinando atentamente lo que es útil y lo que no lo es, porque a veces usamos un
bien como si fuera un mal, y un mal como si fuera un bien…
Aristóteles, no tan epicureista, llamó a la prudencia una virtud intelectual, porque ella nos hace actuar
inteligentemente y reflexionar sobre lo que debe elegirse o evitarse.
La prudencia es futuro, prevención, anticipación responsable, deseo razonado. Está diseñada para evaluar el
antes de, para que no tengamos que arrepentirnos del después de. No es un freno de emergencia asfixiante,
sino autorregulación, juicio y lucidez orientada a no lastimar ni lastimarse. Kant decía: “La prudencia aconseja, la
moral ordena”. Una asertividad sin prudencia, tarde o temprano se transforma en agresión.
La prudencia hace menos probable que al defendernos ataquemos a mansalva. Es el mejor antídoto contra la
culpa anticipada, porque no solo nos exime de los errores por omisión sino que nos hace más adecuados a la
hora de actuar.
El principio de la responsabilidad interpersonal
No podemos ser asertivos sin una ética de la responsabilidad, es decir, sin que nuestras deliberaciones incluyan
los derechos de los demás. La premisa que mueve a toda persona asertiva es defenderse tratando de causar el
menor daño posible, o si se pudiera, ninguno. Debemos evitar todo daño innecesario al defendernos o al ejercer
un derecho.
Pero ser responsable no es comportarse de acuerdo a la disposición exageradamente complaciente del
inasertivo: “Si ocasiono algún daño, mejor no actuar”, porque tal como vimos en otra parte, los que ultrajan y
humillan siempre se “sienten mal” cuando ya no pueden seguir abusando de su víctima. Además, como la
sinceridad no es un valor muy cultivado en nuestra cultura, no es de extrañar que la asertividad produzca a
veces incomodidad y escozor en los receptores.
Max Weber defendía la “ética de la responsabilidad” por encima de la “ética de las convicciones”. La filosofía
asertiva une ambas. Una persona asertiva actúa con convicción responsable, defiende lo que quiere, pero no se
olvidad de su interlocutor.
Si en nosotros no hay mala intención y obramos asertivamente y a conciencia, tratando de causar el menor daño
posible, ¿dónde queda la culpa anticipada? ¿En qué fundamentamos el miedo a herir irresponsablemente a los
demás?

Con relación al egoísmo, el individuo asertivo ejerce el derecho a decidir a quién va a ayudar y a quién no. Sin
caer en la indiferencia mezquina y generalizada, se reserva el derecho de admisión. No se siente obligado por
ley, sino que obra por convicción.
Mi experiencia clínica me ha enseñado que es muy poco probable que después de un buen entrenamiento
asertivo las personas desarrollen un patrón egoísta. Más bien, como ya dije en otra parte, ocurre lo contrario.
Por principio, la asertividad se aleja de la ambición desmedida, el acaparamiento y la codicia.
Según un reconocido diccionario, egoísmo se define como: “Inmoderado y excesivo amor que uno tiene por sí
mismo y que le hace atender desmedidamente a su propio interés”. Analicemos la definición con un poco más de
detalle.
Una persona que atiende desmedidamente a su propio interés, sufre de egocentrismo: “Soy el centro del
universo”. El individuo egocéntrico, inevitablemente, deja afuera a los demás, cosa que no ocurre con la
asertividad. La premisa que determina el comportamiento asertivo es: “Atiende a tu propio interés sin olvidarte
del interés ajeno”.
El inmoderado y excesivo amor que uno tiene por sí mismo hace referencia a la egolatría, lo que se conoce
como narcisismo o el culto al ego. El asertivo no dice: “Soy más que tú”, sino: “Soy, al menos, igual que tú”.
El autorrespeto no es incompatible con el respeto por nuestros semejantes. La cultura ha creado un estereotipo
negativo con respecto al autocuidado psicológico, por miedo a que la vanidad prospere. Ha inventado una
incompatibilidad inexistente entre el amor propio y el amor al prójimo, de tal forma que preocuparse demasiado
por uno mismo es casi un acto de mal gusto. Sin embargo, afortunadamente para la salud mental, parece que la
semilla de la autoestima está contenida incluso en los actos más altruistas. Les guste o no a los fanáticos del
autosacrificio: tengo que quererme, para querer.
Liliana era una jovencita de diecisiete años que siempre había complacido a sus padres, a sus hermanos y
amigas. Era considerada como una niña modelo, servicial y amable. La idea que Liliana tenía sobre las
relaciones humanas era que uno debía estar siempre dispuesto a ayudar a los demás y que esta ayuda debía
ser siempre incondicional. Consecuente con esta posición, se resistía sistemáticamente a decir “no”, porque
consideraba que negarse a un pedido sin justa causa, era un acto de egoísmo y desconsideración con las
necesidades ajenas. Obviamente, para ella nunca había justa causa. Liliana era víctima de una fobia curiosa,
muy común entre la gente inasertiva: tenía miedo a ser egoísta.
En la práctica, esta actitud la había llevado a soportar pacientemente los abusos de sus compañeras y en
especial de su mejor amiga, quien le pedía ropa prestada y no se la devolvía a tiempo, se quedaba con los
discos compactos o la dejaba plantada cada vez que podía. El colmo ocurrió cuando en una fiesta se besuqueó
con el novio de Liliana delante de todo el mundo (la disculpa fue que estaba con unos tragos de más). Pero
Liliana, pese a estar triste y dolida, defendía a su amiga y excusaba cada uno de sus comportamientos abusivos.
Aunque mostró un rechazo inicial al tema de la asertividad, la idea de balancear deberes y derechos le pareció
interesante.
Mi argumentación fue la siguiente: “Si tu amiga puede quedarse con tus cosas indebidamente, sin ningún tipo de
razón o justificación (espero que estemos de acuerdo en esto de “indebido”), quiere decir que ella tiene el
derecho a la expropiación y tú tienes el deber de dejarte explotar. Hay algo que no encaja, ¿verdad? Tu amiga
no tiene el derecho a mentirte, a engatusarte, a quedarse con tus pertenencias y a utilizarte, por lo tanto tienes el
derecho a defenderte y poner límites”.
Luego de meditar unos segundos en lo que yo había dicho, preguntó: ¿Y cómo sé que no voy a volverme
egoísta siendo asertiva?”.
Mi respuesta no tardó en llegar: “Yo creo que por más que lo intentes, no podrías caer en el egoísmo, no lo
lograrías porque no está en ti acaparar, aprovecharte, explotar o despreocuparte de los demás. No es tu
esencia. El miedo a ser egoísta te ha llevado al extremo de la sumisión. Pero si sólo piensas en dar, olvidándote
de que tú eres tan merecedora como dadora, vas a malcriar a la gente que quieres. Yo sé que hay personas en
el mundo que hacen de su vida una misión espiritual de entrega total, pero ése es un tipo de amor distinto al de
carne y hueso, al amor que practica la gente común y corriente, como tú o como yo. Me pregunto qué tanto
habrás contribuido con tu actitud permisiva a que tu amiga sea así. ¿No crees que de alguna manera has sido
víctima de tu propio invento? Analízalo racionalmente, piensa bien el asunto, decide por ti misma y no por el
miedo a ser “mala amiga”.
Liliana revisó concienzudamente su esquema de subyugación y entrega desmedida y con la ayuda adicional de
un sacerdote amigo comprendió que la defensa de los derechos no está reñida con el amor a los demás ni con
el cristianismo que ella profesa.
Siguiendo las premisas de la ética de la consideración, la asertividad bien entendida trata de equilibrar el yo
autónomo (independiente) con el yo considerado (interpersonal). La combinación de ambos me permite estar
comprometido con la red social – afectiva a la cual pertenezco y sostener al mismo tiempo un territorio de
reserva personal.
Laín Entralgo se refiere al momento coafectivo de la relación interpersonal, determinado por dos aspectos
afectivos fundamentales, sin los cuales no puede existir ninguna relación:
La compasión (padecer íntimamente con el otro sus vivencias penosas) y
La congratulación (gozar íntimamente con el otro las vivencias gozosas).
En conclusión: cuando los derechos asertivos se mantienen racionalmente atados a los deberes, y además
están teñidos de compasión y congratulación, es muy difícil excederse y ser egoísta.
Perdón vs. asertividad
La asertividad y el perdón pueden producir distintas variaciones. Puede haber personas sumisas y prudentes,
altamente rencorosas e incapaces de perdonar; o individuos muy agresivos que no guardan resentimiento. No
hay un patrón definido.
El punto central es que el asertivo, al no almacenar tantos sentimientos negativos, ya que los expresa oportuna y
adecuadamente, tiene menos material negativo que procesar, menos cierres que realizar y menos motivos para
sentir rencor.
El perdón es un regalo que se hace a los demás y a uno mismo con el fin de aliviar la carga del resentimiento o
de la culpa: es un descanso merecido para el corazón. Entonces vale la pregunta: ¿por qué el asertivo debería
perderse de semejante autorrefuerzo? Puedo expresarle a usted mi insatisfacción o hacerle un señalamiento
sobre alguna conducta suya que me haya molestado, puedo hacerlo sin juzgarlo ni agredirlo y, además, puedo
hacerlo sin rencor y con la profunda convicción de que si es necesario perdonar, haré el mayor de mis esfuerzos.
La conducta asertiva ayuda a fomentar una actitud antirencor en dos sentidos:
Disminuye la probabilidad de que los sentimientos negativos se depositen en la mente, es decir, los expulsa
antes de que se consoliden.
Si el material emocional nocivo ya está almacenado, acorta el tiempo de procesamiento en la memoria y logra
hacer un cierre más rápido y constructivo.

Eliminar la dependencia emocional es posible. Para ello es uno mismo el que debe tomar la decisión de cambiar para tener una mejor calidad de vida. Las personas que sufren de apego excesivo, no disfrutan de las relaciones, se enganchan en exceso y pierden su individualidad satisfactoria.
 
Hay más porcentaje de mujeres con este problema, aunque también hay hombres que lo sufren exactamente igual que cualquier mujer, con la desventaja de que les suele dar más vergüenza acudir a una consulta psicológica. Sienten que su hombría está en duda, cuando en realidad nada de eso tiene que ver, una autoestima baja puede acarrear este problema, independientemente del sexo de la persona.
1. Reconocer que hay un problema
 
Analiza. No solo existe la dependencia emocional en las relaciones de pareja, también se puede dar en amistades, compañeros, familia y personas del entorno. En general, es una situación que puede establecerse en cualquier ámbito.
A continuación, te ofrecemos un listado de situaciones y sentimientos para que evalúes si sufres este problema. Así, una persona con apego enfermizo o que tiene dependencia emocional se caracteriza por:
 
Su felicidad se centra en una sola persona, no disfruta de otra cosa que no sea estar con quien ama o aprecia.
Su alegría depende de cómo le tratan los demás y de lo que piensen de ella. Si se siente aceptada todo genial, pero como sienta que cae mal o que tienen mala opinión de ella, se esfuma la felicidad. Dependen en exceso de los demás para estar bien o mal.
Evitan a toda costa llevar la contraria para evitar enfrentamientos, le invade el temor a molestar o a ser rechazado.
Antepone el deseo de otros, al suyo propio, se siente como si no tuviera capacidad de decisión, su vida la manejan.
Solo se siente bien consigo mismo si se siente querido. Si no hay alguien a quien querer, se siente vacío, sin amor propio.
Le invade el miedo a menudo, miedo a perder a esa o esas personas que tanto ama o aprecia. Ese miedo le impide disfrutar como debería de las relaciones.
Cae fácilmente en los chantajes emocionales, no soportaría que por su culpa alguien se hiciera daño. Sacrifica su felicidad para dársela a otros.
Prefiere sufrir, antes que dejar a la persona a la que estás enganchado/a. No tienes la fortaleza de cortar un contacto porque tampoco siente que tiene la capacidad de salir adelante sin esa persona a la que quiere.
Necesitas al otro/a, sino la vida pierde total sentido.
El sentimiento de culpa está a menudo con ella. Siente que es el responsable de la felicidad de los demás, ya sea su pareja, familia, amistades, etc. Se siente con la obligación de contentar a los demás y si no lo hace se siente culpable.
Quiere tener el control de toda su vida, para tener la seguridad de que no le perderá. Se convierte en una especie de espía para seguir incluso las conversaciones que tiene con otras personas. Se obsesiona un poco con esa persona, deja de vivir su vida para seguir la del otro.
La persona está tanto en el centro de su vida, que sus amistades y demás pierden importancia para ella. Hay tendencia de aislamiento social, sólo le apetece estar con esa persona, y cuanto más tiempo diario mejor.
La relación genera ansiedad. La persona nunca está contenta porque quiere más, y sobre todo teme que la dejen, lo cual sería una catástrofe porque no se imagina la vida sin esa persona.
 
A cualquiera nos gustaría tener a alguien especial en nuestra vida, lo que diferencia a una persona no dependiente, es que cuando están solo/as pueden tener momentos de melancolía, pero eso no les detiene para seguir disfrutando de otras facetas de su vida. La persona con dependencia emocional necesita al otro para disfrutar.
En cambio la persona dependiente no puede estar sola, se deprime, su autoestima decae y no es capaz de disfrutar de la vida. Ha convertido la relación con el otro en una necesidad para creer sentirse bien…
2. Listado de cosas que perjudican y se hacen por amor o cariño
 
Una vez que ya has reconocido que tienes un problema y tienes el convencimiento de que quieres eliminar la dependencia emocional de tu vida, haz un listado de cosas que has llegado a hacer por alguien, que a ti te perjudicaban. Debes ser consciente de que una persona dependiente no se fija en su bienestar personal, prefiere contentar a la otra persona para no perderla.
¿Qué cosas tenía la otra persona que te perjudicaban?, ¿qué has hecho tú por el otro que a ti te hacía daño?, ¿has dejado de lado amistades, familia, actividades, estudios, desarrollo personal, etc..?, ¿te han tratado con el respeto que te mereces?, ¿Has hecho cosas que no están bien para no perderle?, ¿cómo ha sido tu estado emocional?, ¿sientes que has mendigado amor o afecto y has ido muy insistente detrás?
 
A parte de esta persona, ¿has tenido otras facetas en tu vida donde has disfrutado? Pueden ser aficiones, amistades, etc… ¿has aguantado muchas cosas negativas con tal de no perder a esa persona?
 
Es importante que hagas consciente el sufrimiento que has tenido por ser una persona dependiente. Piensa en todo lo negativo que te ha traído esa relación, de esta manera reforzarás tus ganas de cambiar y de eliminar la dependencia emocional.
3. Reforzar la autoestima para eliminar la dependencia emocional
 
El factor principal de cualquier dependencia es una autoestima baja. Hay muchas opciones para poder reforzarla, desde acudir a un profesional de la psicología hasta hacer biblioterapia. En cualquier biblioteca hay libros muy interesantes sobre la autoestima.
 
Haz como si tuvieras que estudiar para el colegio, infórmate todo lo que puedas sobre reforzar tu autoestima y lee los libros que te parezcan más interesantes. De todos siempre se saca algo nuevo e instructivo.
4. Aprender a estar solo/a
 
La vida es más bonita con amor, pero éste llega sanamente cuando uno se siente bien consigo mismo. No podemos tener una relación sana si antes no nos hemos desarrollado como personas.
A todos nos gustaría tener una pareja ideal, personas a quien querer, etc… Pero una cosa es “necesitar” y otra muy diferente es “desear”. Cuando necesitas no funciona, porque si uno no se ama a sí mismo, tampoco podrá amar a los demás de una manera madura y sana.
 
Uno debe aprender a disfrutar de la vida sin pareja. Hay infinidad de cosas que hacer. Desarrolla tus habilidades, labra tu futuro, dedica tiempo a tus aficiones, haz amistades con gente buena, viaja, mira a tu alrededor para disfrutar de las pequeñas cosas, y sobre todo cuídate y ámate como te mereces.
El amor no es un problema, como se ha hecho creer socialmente a partir de la infidelidad, el abandono o la dependencia. Y mal manejado puede esclavizar. Riso nos da consejos para liberarnos y saber amar
“Algo estamos haciendo mal con el amor. Se ha convertido en un problema, pero no tiene que ser así. Hay que apropiarse de amor. Existe un amor inteligente que implica autonomía y respeto”, señaló Walter Riso a Efe en una entrevista.
 
El autor define su nuevo libro como un “manifiesto de liberación afectiva” que supone ir en contra de todas las creencias y mandatos sociales que nos hacen ver el amor como un problema, ya sea de celos, infidelidad, abandono, dependencia o violencia machista.
 
El objetivo es lograr que las personas tengan “un amor más realista”, más acorde con la autoestima, menos obsesivo, menos idealizado y con menos miedo a la pérdida.
 
El principal obstáculo, según el escritor, es que el amor “mal manejado” puede llegar a esclavizar a las personas, quitarles las libertades básicas y hacer que se corten los vínculos afectivos con familiares o amigos.
 
“El amor no necesariamente genera felicidad, sino que te puede aplastar. Pensamos que el amor tiene que ser obsesivo, que te tiene que enloquecer, pero cuanta más obsesión, menos sano es. No hay que decir tú me enloqueces, sino tú me apasionas”, agregó Riso.
 
También explicó que otra creencia errónea es que para tener una buena relación con la pareja hay que renunciar a la propia identidad. En cambio, recomienda tener un “individualismo responsable”.
 
“Si tienes que renunciar a tu vocación, principios o valores, no te conviene. Hay que pensar que sacrificio con amor no pega. Un amor inteligente implica autonomía, autorrespeto, ser dueño de uno mismo. El amor tiene que respetar la carta universal de los derechos humanos”, afirmó.
 
Además, sostuvo que por cuestiones culturales y educativas, las mujeres tienden a hacer mayores sacrificios por amor.
 
Riso dijo que el 20 % de las parejas logra amar siendo libre, que el 50 % de la gente se separa y del 50 % que no se separa, la mitad no vive bien.
 
Sin embargo, aclaró que para él amar en libertad no es libertinaje sino que es un amor orientado al desarrollo de la propia personalidad, “porque si renuncias a tu personalidad terminas odiando al otro”.
 
“Jurar amor eterno me parece una locura. ¿Cómo voy a jurar sobre una emoción? La otra persona puede volverse explotadora, enamorarse de otro, cambiar de sexo… Uno sólo puede comprometerse a las cosas que dependen de uno mismo, como ser sincero o respetar al otro”, concluyó.
 
En “Enamorados o esclavizados: un manifiesto de liberación afectiva” también se explica un nuevo fenómeno conocido como “la cultura del desechable”.
 
“La gente termina rápidamente una relación porque no tiene paciencia. La idea es tener un poco de paciencia, pero no pensar que hay que aguantar a alguien, lo que hay que hacer es elegir bien”, dijo Riso.
 
Y agregó que “ahora cambiamos el automóvil siempre que podemos, el celular deja de funcionar al año, si no cambias la computadora queda obsoleta. Esta velocidad en la que vivimos hace que las relaciones afectivas también se vean afectadas”

Contraindicaciones, limitaciones y malos entendidos.

Hay ocasiones en que la conducta asertiva puede resultar objetivamente contraindicada y/o socialmente
inconveniente. En cada caso, el balance costo /beneficio y los intereses personales marcarán la pauta a seguir.
Ser asertivo implica una toma de decisión en la que el sujeto debe sopesar los pros y los contras, y resolver si se
justifica o no, actuar asertivamente (ver la “Guía para organizar y pensar la conducta asertiva”, propuesta en el
epílogo)
Este proceso de valoración es similar a cualquier estrategia de resolución de problemas o de afrontamiento, pero
también implica una dimensión ética, es decir, una actuación racional guiada por la convicción personal de que
estoy haciendo lo correcto.
Un estudiante de trece años prefirió denunciar por acoso sexual a uno de sus profesores, antes que guardar
silencio, aún a sabiendas de que su lugar en el colegio corría peligro. Luego de una detallada investigación, el
rector expidió una resolución por medio de la cual se retiraba al alumno del colegio por carecer de “espíritu
conciliador y religioso”. La determinación no tomó por sorpresa al joven y a sus padres quienes estaban
preparados para las posibles consecuencias: habían asumido los riesgos y estaban listos para enfrentarlos.
Por desgracia, los acontecimientos cotidianos no siempre permiten un espacio de reflexión, en el que de manera
consciente y premeditada podamos anticiparnos a los hechos y desplegar estrategias rápidas y eficientes de
respuesta. De todas maneras, cuando una persona incorpora la conducta asertiva a su repertorio y la ensaya
suficientemente, la capacidad de defenderse se automatiza y ya no hay que “pensar tanto” antes de actuar. Nos
volvemos más ágiles y sueltos a la hora de responder.
La habilidad de discriminación, de saber dónde y cuándo es recomendable ser asertivo, forma parte de todos los
protocolos de habilidades sociales. Por ejemplo, decirle al presidente de la empresa en la que uno trabaja que
tiene mal aliento, no solamente es imprudente sino estúpido. Nadie tiene un principio “moral” que diga: “Ninguno
de mis semejantes deberá tener mal aliento”, por lo tanto es negociable. Los fanatismos son siempre
perjudiciales, aunque estén disfrazados de asertividad.
De manera general, podemos señalar tres tipos de situaciones en las que no es recomendable ser asertivo.
Cuando la integridad física puede verse afectada
En medios sociales, altamente violentos, en los que la vida ha dejado de ser un valor, es necesario reservar la
asertividad sólo para momentos relevantes y específicos, cuando la integridad física no corra riesgos. Nadie con
uso de razón se le ocurriría ser asertivo con alguien que le está apuntando con un arma: “Señor, quiero sentar
una enérgica protesta por su conducta delictiva y que atenta contra mis derechos como ciudadano”.
Volvemos otra vez al balance y a las consideraciones sobre lo que es vital para el individuo y lo que no vale la
pena. Existen casos en que el afectado decide que el riesgo es justificable por motivos ideológicos, religiosos o
de otro tipo, y acepta ser asertivo, a pesar del costo.
Cuando se puede lastimar innecesariamente a una persona
Si la asertividad puede lastimar a otra persona de manera innecesaria, la decisión debe revisarse. Las personas
que derraman sinceridad ácida por los cuatro costados son insoportables: “No me gustan tus zapatos”, “No me
gusta como hablas”, “Me aterran tus chistes”, “No comas así”, “Tienes caspa”, “Estás gorda”, en fin, el rosario de
los que padecen de quisquillosidad crónica. La insensibilidad por el dolor ajeno no se compadece con la defensa
de los derechos. Una paciente se ufanaba de haber sido asertiva con su empleada del servicio porque le había
dicho que el vestido que ésta había comprado con esfuerzo y ahorro sostenido era horripilante.
La vida está llena de mentiras piadosas, bellas, tiernas y humanistas. Fromm sostenía que la pregunta sobre si
el hombre es lobo o cordero, bueno o malo en esencia, carecía de sentido o estaba mal formulada, porque el
problema no era de sustancia, sino de contradicción interna; una contradicción inherente al hombre que lo
empuja a buscar soluciones. En sus palabras:
Si la esencia del hombre no es el bien ni el mal, el amor o el odio, sino una contradicción que exige la búsqueda
de soluciones nuevas, entonces el hombre puede realmente resolver su dilema, ya de un modo regresivo o de
un modo progresivo.
Es decir, podemos elegir, no estamos determinados biológicamente para asesinar ni hacer la guerra, no hay una
tendencia que nos lleve inexorablemente a eliminar al otro, no al menos en el hombre que posee la capacidad
de conocerse a sí mismo. Puedo elegir si voy a lastimar o no, soy responsable de mis actos, y ésa es la posición
progresiva: dejar que las fuerzas humanas que viven en cada uno puedan desarrollarse.
Sastre, sostenía que creamos nuestra esencia en la medida que existimos. En realidad, todo asertivo es un
existencialista en potencia, una persona “condenada a ser libre” y a ser dueño de sus propias acciones. Los
psicólogos llamamos a esta percepción de control punto de control interno (“Yo soy el último juez de mi
conducta”, “Yo organizo mi destino”, “Yo tengo el control de mi vida”), que en última instancia no es otra cosa
que la puesta en práctica de la filosofía sartreana de libertad responsable. La sinceridad puede ser la más cruel
de las virtudes, cuando se la priva de excepciones. En la segunda parte, profundizaré estos aspectos.

Muchas de las personas que intentan pasar de la sumisión a la asertividad se pasan de revoluciones y caen en la agresividad. No obstante, el mecanismo pendular sumisión /agresión va acomodándose hasta encontrar un equilibrio funcional y saludable. Mientras ello ocurre, hay que estar atento.

Sofía estaba casada con un hombre que la maltrataba psicológicamente. Su motivo de consulta era claro y específico: “Quiero hacerme respetar… Me siento muy mal conmigo misma… Cuando él me insulta o me hace a un lado, me quedo callada como si yo mereciera el castigo… No sé defenderme y además creo que le tengo miedo… Me cansé de agachar la cabeza… Quiero hacer algo al respecto…”. Sofía había dado el primer paso.

Cuando le expliqué los principios de la asertividad y lo que perseguía el tratamiento, los ojos le brillaron: “¡Eso es lo que necesito!”. Le di a leer un folleto y le dije que tendríamos unas citas previas de evaluación para profundizar sobre otros aspectos de su vida. A la semana siguiente regresó con una gran novedad: “Doctor, esta técnica es maravillosa. El sábado por la noche llegamos de una fiesta y él empezó a agredirme verbalmente como hace siempre. Yo, de inmediato, me acordé de lo que usted me había dicho sobre la defensa de mis derechos. Entonces tomé un portarretratos y se lo tiré directo a la cabeza… Él se asustó tanto que no hizo nada… Le corté un poco la frente… Pero se lo merecía… ¡Y todo gracias a usted, doctor!”. Me sentí como un boina verde asesorando a un futuro mercenario. Ella estaba eufórica y no hacía más que disfrutar de su “gran momento de asertividad”.

A Sofía le ocurrió lo que a muchas personas oprimidas: la acumulación tóxica hizo explosión. El entrenamiento asertivo había servido de detonante y yo de excusa. Después de una larga sesión pedagógica, ella volvió a la realidad: “Usted no fue asertiva, fue agresiva. El objetivo de la asertividad no es lastimar a otro sino defenderse y autoafirmarse, sentar precedentes de inconformidad e intentar modificar un comportamiento que viola nuestro territorio. Pero, a veces, por más asertividad que usemos, es imposible producir un cambio significativo en la otra persona. En estos casos es mejor recurrir a otras alternativas. Por ejemplo, si alguien pretende abusar sexualmente de usted, la asertividad no le serviría de nada. No está diseñada para la violencia física, aunque puede ayudar. Frente al supuesto violador, el karate o la defensa personal sería sin duda una mejor opción que la expresión honesta de sentimientos. Pero usted agredió físicamente a una persona que sólo la agredía verbalmente, eso hizo que su posición perdiera fuerza y autoridad moral”.

Su réplica no tardó en llegar: “¿Y qué propone usted? ¿Debería haberme quedado quieta y dejar que me insultara como siempre?”. Le respondí que evidentemente no: “De ninguna manera. Usted puede ser enfática, expresar su ira de una forma adecuada y decir que no está dispuesta a seguir soportando ese trato.

Independiente de la respuesta de su marido, usted habrá expresado y dicho lo que sentía con pundonor”.

Sofía estaba decepcionada de su terapeuta: “¡Valiente gracia! ¿Y de qué me sirve eso? ¿Usted cree que mi solución es quedarme ahí como si nada?”. Entonces le respondí: “Usted lo ha dicho. Hay veces en que la vida nos pone entre la espada y la pared y nos obliga a tomar una decisión crucial. Usted está en ese punto de la encrucijada. La asertividad le permite abrir la válvula de presión para que ejerza el derecho a la oposición, pero si su marido continúa con su conducta y se niega a respetarla, puede hacer uso del derecho a irse, que es mucho más concluyente que el derecho a réplica. La asertividad le permite agotar posibilidades, a la vez que la convierte en participante activa y no pasiva de la situación. Puede partirle un palo en la cabeza o encerrarlo en un armario, pero su liberación debe comenzar por lo psicológico. Usted no debe destruir a su marido, sino al miedo que le impide actuar”. Finalmente Sofía se separó. La asertividad le permitió abrir el camino que va de adentro hacia fuera.

En otro caso, un joven profesor y abogado, se sentía agredido por sus estudiantes, que se reían a sus espaldas, no le prestaban atención en clase y le mandaban notas burlándose de su vestimenta, el cabello y la estatura.

Algunos de ellos le hacían preguntas jactanciosas y otros simplemente lo ignoraban. Tres veces por semana su adrenalina llegaba al techo y su autoestima al subsuelo. Había comenzado a tener alteraciones del sueño, ansiedad flotante, dolores musculares e irritabilidad manifiesta.

Cuando mi paciente descubrió la herramienta de la asertividad, sintió un gran alivio: “No soy el único, al fin podré defenderme”. Dos semanas después llegó a la consulta con paso firme y seguro. Se veía más alto y su barbilla apuntaba al techo, su porte era arrogante, como los abogados que pertenecen a bufetes importantes. Entonces dijo con orgullo: “¡La mayoría suspendió el examen!”.

No niego que a veces la venganza pueda hacernos cosquillas y provocar en nosotros una risita malévola involuntaria, pero como ya dije, la asertividad no pretende hacer una apología de la violencia. El autorrespeto no se logra destruyendo a los que nos molestan, sino desenmascarándolos con valentía. Y como vimos en el caso de Sofía, si la asertividad no fuera suficiente, siempre está la alternativa de la renuncia digna y valiente. En la tercera parte, retomaré el tema del coraje.

El joven abogado, a medida que avanzó en su tratamiento, logró calibrar y reajustar las fluctuaciones de la asertividad hasta encontrar su propio estilo personal. Finalmente, no sin esfuerzo, pudo sobrevivir al grupo.

La asertividad es una herramienta de la comunicación que facilita la expresión de emociones y pensamientos, pero no es un arma destructiva como la utilizan los agresivos. Está diseñada para defenderse inteligentemente.

Cuando la ponemos al servicio de fines nobles, la asertividad no sólo se convierte en un instrumento de salvaguardia personal, sino que nos dignifica.

¿Qué significa ser asertivo? Ni sumisión ni agresión: Asertividad.
DECIMOS QUE UNA persona es asertiva cuando es capaz de ejercer y/o defender sus derechos personales,
como por ejemplo, decir “no”, expresar desacuerdos, dar una opinión contraria y/o expresar sentimientos
negativos sin dejarse manipular, como hace el sumiso, y sin manipular ni violar los derechos de los demás, como
hace el agresivo.
Entre el extremo nocivo de los que piensan que el fin justifica los medios y la queja plañidera de los que son
incapaces de manifestar sus sentimientos y pensamientos, está la opción de la asertividad: una forma de
moderación enfática, similar al camino del medio que promulgaron Buda y Aristóteles, en el que se integra
constructivamente la tenacidad de quienes pretenden alcanzar sus metas con la disposición a respetar y
autorrespetarse. Veamos algunos ejemplos.
Un caso de sumisión
Mauricio es psicólogo clínico y tiene serios problemas con el manejo de sus pacientes. Muchos de ellos no
vienen a las citas, llegan tarde o simplemente no pagan. Su secretaria colabora bastante en el caos
administrativo ya que es bastante desordenada y poco eficiente. Mauricio teme el rechazo de la gente y en
especial quedar mal con sus pacientes. Las deudas son enormes, y aún queriendo hacer algo al respecto, no
hace nada. No sólo está inmovilizado, sino que, inexplicablemente, se muestra “comprensivo” con los clientes
deudores. En su interior hay un volcán próximo a estallar, hay violencia acumulada. Es probable que el algún
momento de ira, algunos de sus pacientes salgan psicológicamente lastimados. El comportamiento de Mauricio
puede considerarse como no asertivo (sumiso).
Las personas no asertivas piensan, sienten y actúan de una manera particularmente débil a la hora de ejercer o
defender sus derechos. Los pensamientos típicos que las caracterizan pueden resumirse así:
“Los derechos de los demás son más importantes que los míos”.
“No debo herir los sentimientos de los demás ni ofenderlos, aunque yo tenga razón y me perjudique”.
“Si expreso mis opiniones seré criticado o rechazado”.
“No sé qué decir ni cómo decirlo. No soy hábil para expresar mis emociones”.
Como veremos más adelante, los individuos sumisos suelen mostrar miedo y ansiedad, rabia contenida, culpa
real o anticipada, sentimientos de minusvalía y depresión. La conducta externa es opacada, poco expresiva, con
bloqueos frecuentes, repleta de circunloquios, postergaciones y rodeos de todo tipo. Incluso pueden actuar de
una manera diametralmente opuesta a sus convicciones e intereses con tal de no contrariar a los otros. Su
comportamiento hace que la gente aprovechada no los respete.
Es importante destacar que la mayoría de las personas tiene algo de inasertivo. No es necesario cumplir cada
uno de los criterios técnicos señalados o estar en el extremo del servilismo para que la dignidad esté fallando.
Un caso de agresividad
Lina es una médica famosa por su antipatía. No sólo regaña a las angustiadas mamás por sus “ilógicas”
preocupaciones frente a la salud de sus hijos, sino que incluso amonesta a los pequeños que van a su
consultorio. Sonríe poco, es seca, habla fuerte y su tono de voz es áspero. Cuando está discutiendo con alguien,
abre los ojos de manera amenazante, manotea, pierde fácilmente el control y no mide sus palabras. Los colegas
reconocen que es una buena profesional, pero le temen a sus reacciones agresivas. Ella piensa que los más
fuertes deben imponerse a los más débiles y que la gente torpe merece ser castigada. Su premisa es
demoledora: “Yo soy más importante que tú: lo que piensas y sientas, no me interesa”.
Lina es una mujer agresiva, acaba de cumplir cuarenta y dos años, está casada y tiene tres hijos varones. La
creencia que rige su comportamiento es que sus derechos son más importantes que los derechos de otras
personas. Su comportamiento infunde temor, pero no respeto.
Un caso de asertividad
Marta ha sido víctima de una suegra entrometida durante más de cuatro años. Su marido es el menor de ocho
hermanos, el único varón y el consentido de su madre. Cuando supo que se iba a casar, la señora lloró semanas
enteras y odió profundamente a su futura nuera. No obstante, con el correr del tiempo aprendió a soportarla
como a un mal necesario. Después de que se casaron, la suegra de Marta comenzó a vigilar de cerca los
intereses de su hijo y a dirigir personalmente los quehaceres de la casa, las comidas, el arreglo de la ropa, la
decoración, las vacaciones, en fin, casi todo tenía que ver con ella.
Marta decidió pedir ayuda profesional, y luego de unas semanas entendió que si quería mantener su matrimonio
a salvo, debía ser asertiva con su madre política. Pese a los arrebatos de ira, las pataletas y las quejas de la
indignada señora, Marta fue capaz de expresar sus sentimientos sin ser agresiva ni sumisa, sino asertiva.
En una de las tantas intromisiones, Marta le expresó lo siguiente, en tono firme, pero cortés: “Mire, voy a decirle
algo que está molestándome desde hace tiempo y quizá por miedo o respeto he evitado decirle. Entiendo que
sus intenciones son buenas y lo que usted quiere en realidad es cuidar y proteger a su hijo. Mi casa es su casa y
tiene las puertas abiertas, yo la aprecio y siempre será bienvenida, pero quiero que tenga presente que algunos
de sus comportamientos me incomodan porque me siento invadida en mi espacio y mi privacidad. Mi marido y
yo necesitamos más intimidad y tomar nuestras propias decisiones. Le aseguro que nunca voy a lastimar a su
hijo intencionalmente, confíe en mí”.
La señora reaccionó como lo hace cualquier persona no acostumbrada a la asertividad: se sintió profundamente
ofendida y se alejó indignada. Sólo al cabo de unos meses aceptó ser más discreta y no meterse tanto en la
relación de su hijo.
Marta actuó asertivamente. Y aunque posiblemente no lo dijo a la perfección, ya que se puso roja y tartamudeó
un poco, logró su cometido: poner a la suegra en el lugar que le correspondía, lejos de su hogar. No fue sumisa
porque peleó contra el miedo y dijo lo que pensaba, es decir, defendió su derecho a la intimidad. No fue agresiva
porque no insultó a su suegra, no le faltó el respeto e incluso hizo énfasis en que la quería. Marta fue digna,
pese al costo y a la manipulación familiar.
Un caso de asertividad en el que la meta es sentar un precedente
Aunque Marta logró modificar la conducta de su oponente, la asertividad no siempre alcanza este objetivo. Hay
ocasiones en que es imposible producir un cambio en el entorno. En tales casos el comportamiento asertivo se
dirige a la emoción y no al problema, es decir, a regulara el estado emocional mediante la expresión honesta de
lo que nos está haciendo sentir mal. En muchas circunstancias expiar, decir, manifestar, sacar la vieja
información y “derramar” lo que nos mortifica puede ser tan sano y recomendable como modificar el ambiente
externo.
Los datos disponibles en psicología de la salud son contundentes al demostrar que la expresión del sentimiento
de insatisfacción o de ira es beneficiosa, tanto para la autoestima como para el organismo. La conducta asertiva
no necesariamente debe generar un cambio en los demás, aunque a veces lo logra. Hay que tener en cuenta
que la expresión de la propia emoción es importante en sí misma.
Recuerdo el caso de una joven preadolescente, a quien la mamá, luego de haberle dado permiso para ir al cine,
se retractó y dijo que no podía ir. La muchacha, que tenía una cita “amorosa” de carácter impostergable, no
demoró en pedir explicaciones por el cambio de parecer de su madre. Después de un intercambio prolongado de
opiniones y requerimientos de parte y parte, la conclusión maternal fue categórica: “¡No, porque no, y punto!”.
Ante semejante posición y viendo la imposibilidad de asistir a su cita, la joven se retiró indignada a su cuarto. Al
cabo de unos minutos, regresó con una carta que acababa de escribir y la leyó en voz alta. Ésta decía:
“Mira, mamá, yo soy menor de edad y tú tienes el control pero eso no significa que todo lo que tú digas esté
bien, porque después de todo, aunque no lo creas, eres humana y puedes equivocarte. No acepto un: “¡No,
porque no, y punto!”. Y a pesar de que no vaya al cine, quiero que sepas que no estoy de acuerdo con la manera
impositiva en que haces las cosas. Quiero dejar constancia de la injusticia que se está cometiendo conmigo en
esta casa. Y también quiero dejar en claro, que aunque tengas el derecho a cambiar de opinión, yo tengo el
derecho a que se me den explicaciones razonables y a discrepar. Dialogar es mejor que imponer. Me quedo sin
salir, pero no me gusta lo que ocurrió”.
Cuando terminó su discurso, le entregó una copia de la misiva a su madre, una al papá y otra al hermano menor
que apenas sabía leer. Después agregó: “Ya me siento mejor”, y se retiró a sus “aposentos” con cara de misión
cumplida. La señora, desconcertada y sin saber qué hacer, decidió pedir ayuda. Cuando llegó a mi consultorio
expresó así su motivo de consulta: “Quiero que vea a mi hija, doctor… Se me está yendo de las manos, está
cada vez más grosera y maleducada… No sé qué voy a hacer…”. Ambas fueron mis pacientes.
Repito: Dejar constancia de la divergencia y expresar un sentimiento de inconformidad, aunque no genere un
cambio inmediato en el ambiente, es un procedimiento que fortalece la autoestima y evita la acumulación de
basura en la memoria.
Es mejor decirlo “aquí y ahora”, que tratar de sacarlo después cuando el problema ya echó raíces en el disco
duro.

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MIGUEL PLA PSICOTERAPUETA © DERECHOS RESERVADOS 2014