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La depresión no hace distinciones en cuanto a edad, sexo, raza o estado socioeconómico. Cualquiera puede desarrollar esta terrible enfermedad en cualquier momento de su vida. Jóvenes, adultos, ricos y pobres — nadie está exento.

Se trata de un desequilibrio químico en el cerebro en el que la sustancia “de la felicidad”, llamada dopamina, deja de producirse en cantidades apropiadas. Si no se busca ayuda a tiempo, puede convertirse en un arma mortal. La buena noticia es que la depresión puede ser controlada y el primer paso para combatirla es estar informado…

  1. Puede ser hereditaria

Ciertas investigaciones han demostrado que, si sus parientes más cercanos, como padres o hermanos, han sufrido depresión alguna vez, usted es entre 1,5 y 3 veces más propenso a desarrollar el trastorno.

Además, si alguno de sus parientes ha cometido suicido, los riesgos son aún mayores. El hecho de que la enfermedad esté en su historia clínica familiar no le garantiza que la padecerá, sólo lo vuelve más vulnerable que el resto de las personas.

2. Puede ser circunstancial

La depresión puede ser producto de una experiencia traumática en la vida de una persona. Por ejemplo, un divorcio, la muerte de un ser querido, las dificultades financieras, el desempleo, los problemas de salud y la falta de un hogar son motivos comunes.

Esto también se conoce como depresión reactiva o trastorno de adaptación y es temporal; acaba cuando se resuelve la situación que altera al paciente. Sin embargo, si los síntomas persisten por mucho tiempo, el cuadro puede volverse permanente.

3. Forma parte del trastorno bipolar

Se trata de un trastorno del estado de ánimo, que se caracteriza por contar con periodos de euforia (manía) y otros de tristeza extrema, llamados depresión. Los Institutos Nacionales de Salud Mental (NIMH, por sus siglas en inglés) estiman que alrededor de 1 y 5 pacientes con trastorno bipolar cometen suicidio.

Las investigaciones han demostrado que el 20% de los adolescentes con depresión desarrolla trastorno bipolar después de 5 años (Birmaher, B; 1995). De todos los pacientes afectados, sólo 1 de 4 recibe un diagnóstico preciso durante los 3 años de experimentar síntomas. A muchos les lleva más de 10 años saber qué les ocurre.

4. Afecta el pensamiento

Uno de los síntomas más alarmantes de la depresión es su impacto a nivel cognitivo. Al afectar el lóbulo frontal del cerebro, funciones tales como el razonamiento y la resolución de conflictos se alteran considerablemente.

Un paciente con depresión tiende a internalizar sus pensamientos negativos y los convierte en truismos u obviedades. La desesperanza y el desamparo se apoderan de la lógica y del razonamiento y desencadenan comportamientos autodestructivos.

5. Puede ser fatal

Los suicidios son la décima causa de muerte en todas las edades, según las estadísticas de los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés). Según los cálculos, cada 13 minutos una persona en el mundo se quita la vida.

Otras investigaciones llevadas a cabo por los CDC indican que alrededor del 25% de las personas de 18 años o más sufren de depresión cada año y sólo la mitad de este grupo recibe atención médica. De 25 intentos de suicidio, uno termina por concretarse. En los adultos mayores, de cuatro intentos, un suicidio logra completarse. Por último, los hombres son cuatro veces más vulnerables que las mujeres a acabar con sus vidas.

6. Puede curarse

La buena noticia es que la depresión puede controlarse de forma exitosa. Mientras más temprano se diagnostique, habrá menos posibilidades de sufrir recaídas en el futuro. Aquellos que padecen el trastorno como consecuencia de un trauma emocional responden de forma mucho más positiva a las terapias cognitivas, mientras que los que sufren depresión hereditaria se benefician más con tratamientos que combinan medicación con terapia.

La terapia cognitiva conductual, que incluye meditación y ejercicios de respiración, ha demostrado ser muy útil en pacientes con depresión. Cada persona es distinta, por lo que resulta clave encontrar la solución que mejor se adapte a su situación.

Prioridad de la pareja sobre cualquier otra cosa

El dependiente emocional pone a su relación por encima de todo, incluyéndose a sí mismo, a su trabajo o a sus hijos en muchos casos. No tiene que haber nada que se interponga entre el individuo y su pareja, que dificulte el contacto deseado con ella. Obviamente, dentro de una normalidad, pero siempre observando esa dinámica; por ejemplo, una persona va dejando poco a poco sus aficiones como el gimnasio o las clases de pintura para estar más tiempo con su compañero, hasta que prácticamente se convierte en su sombra; igualmente, una madre separada inicia una nueva relación y deja continuamente a sus hijos con sus abuelos para quedar todas las veces que pueda con el otro.

Voracidad afectiva: deseo de acceso constante

Para entender este rasgo, es muy importante que nos imaginemos que el dependiente puede decidir por sí mismo cómo, cuándo y de qué forma contacta con su pareja: luego explicaremos por qué. Suponiendo esto, si por el dependiente fuera, tendría el mayor roce posible con su pareja mediante todas las formas posibles. Por ejemplo, cuando ambos miembros de la relación están en casa, procurando estar juntos el máximo tiempo (nada de cada uno en su habitación, o uno viendo el ordenador y el otro trabajando). Asimismo, si la pareja sale con un grupo de amigos, estando todo el rato junto al otro y teniendo principalmente interacción y contacto físico con él.

¿Y qué sucede cuando, por las obligaciones que todos tenemos, los dos miembros de la pareja están separados? Muy sencillo: el teléfono móvil e internet se han convertido en dos ayudas inestimables para satisfacer la voracidad afectiva de los dependientes emocionales, sea mediante llamadas telefónicas, mensajes de texto, correos electrónicos o programas de mensajería con los que el dependiente puede estar online con su pareja. El contacto puede ser muy frecuente y excesivo, hasta el punto de que llame la atención al entorno o de que ocasione algún problema en el trabajo. Ni que decir tiene que la persona con dependencia también presionará lo que pueda para que su pareja, inmediatamente que termine con sus obligaciones, marche presta a reunirse con ella.

Insisto en que, si por el dependiente fuera, estaría el máximo tiempo disponible con la otra persona, y cuando esto no se consigue se compensa esta situación con otros medios de comunicación con los que hay también contacto. Cabe añadir también que este rasgo está muy acentuado en algunos dependientes emocionales, pero no en todos (como la mayoría de los que exponemos en esta sección).

Pero antes hemos dicho que nos debíamos imaginar en un supuesto: que la otra persona no pusiera pega ninguna al comportamiento voraz y “agobiante” del dependiente. Como es lógico, esto sucede a veces, pero en la mayoría de las ocasiones no es así y la pareja reclama espacio y recrimina este tipo de comportamientos. Si añadimos que también es frecuente que las personas que los dependientes escogen como pareja no siempre se comportan de una manera sensible y afectuosa, nos resulta que lo más normal sea que el otro ponga límites y condiciones al comportamiento voraz de su compañero, mediante los clásicos “no me llames tanto”, “necesito mi espacio”, “no me agobies”, “no creo que me dé tiempo a verte en toda la semana”, “quiero hacer esto solo”, etc. Y, claro, al dependiente no le queda otra que aceptar estas condiciones porque, de lo contrario, se puede producir lo que más teme: el rechazo e incluso la ruptura. Por lo tanto, no esperemos encontrarnos relaciones de “fusión” entre el dependiente y el otro porque esto sólo sucede algunas veces, ya que es precisamente la otra persona la que en muchos casos pone límites a la voracidad afectiva; además, lo normal es que dichos límites sean incluso abusivos porque el otro considera que tiene privilegios en la relación, ya que el dependiente le pone un cheque en blanco con sus nada disimulados deseos de contacto continuo y con su nada disimulada fascinación hacia él.

Tendencia a la exclusividad en las relaciones

Como en todas las características que estoy exponiendo, en esta en concreto sucede que no es más que una exageración de la normalidad. Es decir, en toda relación hay un deseo de exclusividad en el sentido de que no queremos compartir a nuestra pareja con una tercera persona. Pero no es sólo esto lo que sucede en la dependencia emocional. Aquí, además, el dependiente quiere literalmente a su pareja para él solo: todo lo demás molesta, desde amigos hasta compañeros de trabajo, pasando por los hijos.

De igual forma que sucede con la voracidad afectiva, la exclusividad es un aspecto que no se da en todos los dependientes emocionales con la misma fuerza; incluso en algunos no se produce más allá de lo normal.

Idealización del compañero

El otro se convierte con el tiempo en alguien sobrevalorado, eso si no lo ha sido desde el principio por tener un perfil determinado de endiosamiento o de lejanía hacia los demás. Será muy difícil que un dependiente emocional se enamore de alguien al que no admire o vea bastante por encima suyo, no desde un punto de vista racional u objetivo (por ejemplo, que sea mejor profesional o más inteligente), sino en general, como una sensación que él experimenta de estar con alguien más importante o más elevado y que transmite deseos de estar junto a él.

No obstante, no sólo se producirá una sobrevaloración general de la pareja sino que también se podrán distorsionar sus méritos y capacidades. Por ejemplo, si es artista o empresario, será de los mejores en su trabajo; si es más o menos atractivo, será el más guapo; si es prepotente en su forma de hablar, será muy inteligente; etc.

Al final, uno de los elementos que más influyen en esta idealización es cómo trata la persona al dependiente emocional. Cuántas veces he escuchado en mi consulta la afirmación de que los flirteos o pretensiones amorosas de alguien se consideran signo de debilidad o de comportamiento “baboso” (provenga de quien provenga, incluso de personas que pueden despuntar por su trabajo o por otras facetas), mientras que el desprecio, el escaso interés o la prepotencia se interpretan como signos de poder, fuerza o elevación. Realmente, no son aspectos concretos de otro individuo los que lo convierten en idealizable, sino su perfil general y, especialmente, el trato de dicho individuo hacia el dependiente emocional.

Sumisión hacia la pareja

La consecuencia lógica de ser muy voraz afectivamente, de priorizar a la relación sobre cualquier otra cosa o de idealizar a la pareja, es que el trato hacia ella va a ser de subordinación, es decir, “de abajo a arriba”, como si alguien muy bajito se dirigiera a un gigante al cual necesita. Da la sensación en ocasiones de que los dependientes se comportan con sus parejas como sacerdotes que realizan ofrendas a algún dios al que le permiten absolutamente todo, al que le justifican todos sus actos y al que, a pesar de los pesares, le intentan satisfacer con lo que pida.

Antes he puesto el ejemplo de esa persona que le hacía la cena a su marido y a su amante en su propia casa, pero podría poner otras situaciones de sumisión como las de aceptar todo tipo de descalificaciones por parte del otro, permitir infidelidades, hacer siempre lo que quiere la pareja, soportar las descargas de sus frustraciones –que pueden llegar incluso al plano físico- o también ser y actuar como pretende o desea el compañero.

Pánico ante el abandono o el rechazo de la pareja

El dependiente emocional idealiza tanto a su compañero y se somete tanto a él, considerando la relación de pareja como lo más importante de su vida, que le tiene verdadero terror a una ruptura. Hay personas que, literalmente, se encuentran incapaces de romper una relación, y no por quedarse descolgadas en el plano económico o de cualquier otra forma, sino porque afectivamente lo encuentran devastador. En estos casos no vale la frase de “más vale solo que mal acompañado”; es más, una de las manifestaciones más usuales tras una ruptura es “con él estaba fatal, pero es que ahora estoy mucho peor”.

Como veremos en la siguiente característica, en muchas ocasiones es el terrorífico síndrome de abstinencia el que acongoja de tal manera al dependiente que le hace pensar y sentir con absoluta realidad que es totalmente imposible romper la relación, y que si no lo hace el otro no habrá forma humana de que se produzca esa situación.

Pero lo más normal es que las rupturas no solo se consideren inalcanzables, sino que además no se deseen en absoluto. El dependiente emocional, en casos graves, puede aguantar prácticamente todo con tal de que no se rompa la relación porque prefiere estar fatal dentro de ella que sin sentido de la vida o de la existencia fuera. Esto produce un gran terror a los rechazos en el seno de la pareja, a los  comportamientos de escasa aprobación o a los signos que se den por parte del otro que indiquen una falta de interés o una falta de cariño.

Trastornos mentales tras la ruptura: el “síndrome de abstinencia”

Ya he expuesto que los dependientes tienen un miedo cerval a lo que acontece tras una ruptura, que es el “síndrome de abstinencia”, llamado así por analogía a las adicciones a las drogas. Este bien llamado síndrome supone realmente el padecimiento de un trastorno mental que variará según la persona y según la intensidad, pero que de manera habitual es un trastorno depresivo mayor con ideas obsesivas, o, dicho en otras palabras, una depresión muy fuerte con pensamientos repetidos y angustiosos en torno a un tema que, en este caso y como no podía ser de otra forma, es la relación perdida y todo lo que ello conlleva: recuerdos, planes para reanudar la pareja, remordimientos por supuestos errores cometidos, etc.

El golpe psicológico es tan brutal que no sólo hay una inmensa tristeza, sino que además habitualmente se sufren síntomas de ansiedad intensos que impiden la concentración y que se traducen en molestias físicas o sensaciones muy desagradables, y también en pensamientos sobre el poco sentido que tiene la vida que pueden derivar en ideas suicidas. En este sentido, recuerdo perfectamente a una persona que nada más entrar por primera vez en mi consulta me dijo que ya tenía fecha para morirse. Esto llama la atención porque se suelen asociar las ideas suicidas con otros problemas, pero en la dependencia emocional y muy especialmente dentro del síndrome de abstinencia se dan, aunque hay que decir que lo más usual es que sólo se dé, que no es poco, una pérdida muy sustancial de apego por la vida.

En el síndrome de abstinencia lo que domina es el deseo de retomar la relación, las ideas continuas de, con cualquier excusa, contactar con la otra persona para no tener la sensación de pérdida o de desaparición definitiva. A veces, estas excusas se las da el individuo a sí mismo en forma de autoengaño, por el que uno se autoconvence de que no pasa nada por llamar a la ex pareja ya que se puede tener una simple amistad, o de que sólo se está contactando con el otro para “cantarle las cuarenta”.

Todo el padecimiento descomunal de este síndrome desaparece de un plumazo con una simple llamada de la otra persona. Donde había lágrimas, ansiedad y auténtica desesperación, se pasa a la tranquilidad y a la sonrisa.

Búsqueda de parejas con un perfil determinado

El tipo de persona que suele preferir el dependiente emocional, al que llamaré “objeto” , es normalmente alguien engreído, distante afectivamente, egocéntrico, y a veces hostil, posesivo o conflictivo. También hay un perfil habitual y es  de la persona con problemas, con un fondo importante de vulnerabilidad o fragilidad emocional con el que el dependiente se identifica, produciéndose igualmente una relación desequilibrada con ella por la que  se intenta cuidar y controlar a  dicha persona, mientras que ella, en muchas ocasiones, se aprovecha de ese comportamiento sumiso y atiende sólo a intereses egoístas o también afectivamente enfermizos.

Amplio historial de relaciones de pareja, normalmente ininterrumpidas

Puedo decir, en tono jocoso, que las primeras visitas con un dependiente emocional son un listado inagotable de relaciones de pareja que se producen desde la adolescencia. Estas personas viven su vida alrededor del amor y no la conciben sin él: necesitan, o eso creen ellas, a alguien permanentemente a su lado. Por este motivo, nada más terminan una relación, y aunque sea en pleno síndrome de abstinencia, buscan otra persona para reemplazar a la anterior, incluso al mismo tiempo que se intenta reanudar dicha relación rota.

Normalmente, el tiempo que transcurre entre una relación de pareja y otra es muy escaso, y cuando es largo puede deberse a que todavía se arrastre la que se ha roto (por ejemplo, siendo amante de la ex pareja y estando siempre pendiente de cualquier contacto por su parte) o a que se mantenga una actitud de constante flirteo por la que el dependiente no se siente realmente solo, ya que tanto por internet como por el teléfono móvil hay correos electrónicos, mensajes de texto y demás que producen sensación de inmediatez y de proximidad; esto sin contar las citas puntuales que se den con estas personas con las que existe dicho flirteo.

Baja autoestima

Por obra general, los dependientes emocionales son personas que no se quieren a sí mismas. ¿Qué significa quererse a sí mismo? Porque esto realmente es algo muy abstracto, por más que tenga manifestaciones concretas y de lo más palpables. Quererse a uno mismo no significa necesariamente que tenga que considerarse con virtudes o cualidades; por ejemplo, considerarse guapo, buen profesional, inteligente, etc. Existen dependientes emocionales y otras personas que saben racionalmente que presentan algunas de estas cualidades, y sin embargo no se quieren de una forma adecuada. Lo que acabamos de describir es el autoconcepto, es decir,  la idea racional que todos tenemos sobre nosotros mismos. Digamos que sería un listado de cualidades, carencias, virtudes y defectos que todos tenemos sobre nosotros.

No obstante,  la autoestima es algo diferente al autoconcepto, aunque en muchas ocasiones van por caminos similares. De igual forma que podemos considerar a alguien guapo o inteligente pero al mismo tiempo detestarle; podemos pensar sobre otra persona que no es muy atractiva pero que estamos con ella a muerte. Los sentimientos no tienen por qué ir necesariamente por el mismo camino que nuestra idea racional.

Querernos a nosotros mismos es exactamente lo mismo que querer a uno de nuestros seres queridos, pero siendo uno mismo el destinatario de esos sentimientos. Podemos protegernos cuando nos atacan, consolarnos si estamos sufriendo, ayudarnos cuando tenemos problemas haciendo lo posible por resolverlos, valorarnos cuando hacemos las cosas bien, alegrarnos si nos ocurren cosas positivas, y sobre todo no poner condiciones para querernos. Demos ahora la vuelta a la situación y pongámonos en cómo se trata una persona sin autoestima, sea como sea su autoconcepto: no se protege cuando recibe ataques e incluso se los inflige ella misma, no se consuela si está sufriendo sino que aprovecha su vulnerabilidad para atacarse más duramente, se hunde ante las adversidades sin intentar resolver sus problemas, no se valora cuando hace las cosas bien sino que se busca el error o el defecto, y se pone condiciones para quererse como despuntar en el físico, tener muchos estudios, posición social, etc., ya que cualquier pretexto es bueno con tal de escatimarse el cariño.

Miedo a la soledad

Verdaderamente, no es de extrañar que si alguien tiene esos sentimientos hacia sí mismo no soporte estar solo, porque es como estar continuamente junto a alguien al que detestamos. Por ejemplo, los dependientes no aguantan mucho tiempo estar solos en casa o con la perspectiva de no salir en todo el domingo: enseguida se buscan planes o llaman por teléfono a alguien con cualquier excusa. La soledad les provoca incomodidad, malestar e incluso ansiedad, y la idea más o menos intensa de que no son importantes para nadie, de que nadie les quiere y están abandonados.

Aparte del temor a esta soledad en un sentido extenso, también temen a la soledad entendida como “estar sin pareja”. No cabe duda de que aquí es un temor cercano al terror: les da auténtico pavor no tener a alguien ahí sea como pareja o como sucedáneo (una aventura, un flirteo continuado…) La consecuencia, como ya he dicho, es el encadenamiento sucesivo de relaciones para evitar esas sensaciones tan desagradables.

Necesidad de agradar: búsqueda de la validación externa

Este rasgo no aparece en todos los dependientes, pero sí es bastante común. Cuando aparece, el individuo intenta satisfacer a la mayoría de las personas con las que trata, de manera que se les quede a dichas personas una idea inmaculada del dependiente. Necesita tanto de la aprobación externa que lo pasa francamente mal cuando no la tiene o cuando interpreta que ha sido rechazado; en estas situaciones, es habitual que haga “comprobaciones” de la relación como llamar por teléfono para ver si todo sigue igual con esa persona o para detectar anormalidades en el tono de voz, por ejemplo.

Los dependientes que se comportan así suelen ser modélicos para los demás. No crean conflictos con sus familiares más próximos, no ponen problemas para planificar las citas con los amigos, se prestan a cualquier cambio de turno imprevisto que haya en el trabajo, no se adhieren a ningún grupo sino que intentan llevarse bien con todas las personas, etc. Son descritos por los otros como buenas personas que intentan favorecer siempre y que se desviven por ayudar.

Los dependientes que necesitan agradar presentan una tendencia muy marcada a la validación externa. Esto significa que su valor no se lo dan a sí mismos, sino que lo cogen prestado del que reciben de los demás. Por ejemplo, un dependiente puede haber quedado inicialmente satisfecho de un informe que ha hecho en el trabajo, pero si no le ha gustado al jefe dudará de su desempeño. Una persona con tendencia a la validación interna criticaría la postura de su jefe y continuaría manteniendo su criterio. En los dependientes con buen autoconcepto y en situaciones similares, podrían disponer de esta tendencia a la validación interna, pero en situaciones distintas de tipo afectivo que impliquen aceptación o rechazo nos aparecerá de nuevo la tendencia contraria, es decir, la que proporciona el valor por parte de los otros: por ejemplo, si un compañero de trabajo no invita a una celebración de cumpleaños a un dependiente, este se considerará poco querible, poco válido por sentirse rechazado. Otra persona con una tendencia a la validación interna se mostraría dolida o disgustada, pero respetaría la decisión o la criticaría sin por ello alterar su idea sobre sí mismo porque su valía como individuo no depende de la valoración o del rechazo ajenos

Relaciones tóxicas son aquellas en las que de una manera u otra, una o ambas personas involucradas terminan lastimadas física, emocional o psicológicamente.

Como saber si estás en una relación tóxica

  • Te da miedo o preocupación expresarte libremente. Te cohibes.
  • Si lo pudieras poner en una balanza, pasas más tiempo sintiendo ansiedad o tristeza que felicidad y paz.
  • Desconfías de tu pareja.
  • Tus estados de ánimo dependen de cómo esté tu relación.
  • Tienes momentos de inmensa rabia o desesperación.
  • Eres abusado-a verbal, sexual o físicamente.
  • Sientes que das más de lo que recibes.
  • Te sientes controlado – no te sientes libre de actuar o hablar por temor al reproche.

Entendiendo las relaciones tóxicas

Primero que nada, a ningún nivel y bajo ninguna circunstancia es sano quedarse en una relación tóxica. Si eres infeliz, debes tomar acción.

Por otro lado, es importante entender el por qué nos encontramos con este tipo de relaciones, especialmente si tendemos a repetir el patrón.

Como todo lo que vivimos, nuestras relaciones tienen un propósito superior. Este propósito incluye afectar a otro ser, ser afectados por ese otro ser y aprender lecciones sobre nosotros mismos y lo que vinimos a hacer en este plano. En este sentido, las relaciones pasan de ser una interacción entre dos personas, a ser un instrumento para el autoconocimiento y la superación espiritual.

Existen varias versiones metafísicas de por qué caemos en relaciones tóxicas. Algunos creen que son almas gemelas o contratos kármicos que tenemos con otras almas y que venimos a sellar o cancelar.

Hay quienes piensan que antes de encarnar en estos cuerpos, nosotros mismos (o nuestra alma) escoge vivir ciertas situaciones difíciles para aprender las lecciones que nos van a impulsar en el proceso espiritual que todos debemos recorrer. Y otros creen que dependiendo de nuestra evolución espiritual, se nos presentan más o menos oportunidades de superar obstáculos. Si ganamos la prueba, avanzamos y si no, nos estancamos. Las relaciones con otros son una de las pruebas más efectivas.

NOTA: Si usted se siente en peligro de ser lastimado al intentar dejar una relación, busque ayuda y apoyo y haga un plan de salida primero. No corra riesgos. Existen recursos que lo protegen.

Aprendiendo de las relaciones tóxicas

Lo primero es observar nuestra relación honestamente y ser sinceros sobre la calidad de esta y lo que nos aporta.

Si vemos la vida en perspectiva – no desde el dolor o ansiedad que sentimos en este instante, sino desde una escalera donde avanzamos paso a paso – cualquier cosa que estemos viviendo en este momento tiene una razón de ser superior a nuestra experiencia terrenal.

¿Si estuviéramos completamente seguros de que lo que estamos viviendo es sólo una prueba que, si superada, nos llevará a momentos y lugares mejores, cómo viviríamos el presente?

¿Si entendiéramos que el dolor o problema que enfrentamos hoy es sólo un punto diminuto en un universo de posibilidades, le otorgaríamos la misma importancia? ¿Nos aferraríamos a él?

El dolor es parte de nuestro camino. Es inevitable. Es parte de la experiencia humana. Sin embargo, viene y va. Pasa. Y esa es la primera cosa que debemos recordar cuando nos enfrentamos a una situación dolorosa. Esto también pasará.

Segundo, el control es nuestro. ¡Imaginemos ese poder! Todo lo que queremos, lo podemos tener. Pero tenemos que explorar a fondo primero nuestras opciones y no dejarnos llevar por caprichos del corazón o de la mente. Si ya estamos en una relación tóxica, es nuestra decisión – solo nuestra – aprender de ella y superarla.

¿Qué podemos aprender de una relación tóxica? Depende de nuestro camino y propósito. Puede ser el amarnos a nosotros mismos, el perdonar, el manejar la rabia y la frustración, el evitar la tentación, el encontrar la conexión cósmica en toda relación terrenal… En fin, ¡muchísimas cosas! Pero sólo nosotros podemos encontrar la respuesta a nuestra situación.

Lo importante es sin embargo entender que no tenemos por qué quedarnos en este tipo de relación y que estaremos bien cuando la terminemos. Siempre y cuando veamos las cosas desde la perspectiva espiritual – como prueba y aprendizaje – el dolor momentáneo de la separación pasará a un segundo plano, y la fuerza y sabiduría que ganaremos será lo principal.

Herramientas para superar la separación

  • Establecer qué quiere realmente de una relación. ¿Cuál es su anhelo en términos de amor y relaciones? Comparado con su relación actual, ¿obtiene lo que anhela? Si trabajara en su relación, ¿obtendría lo que anhela o no es ni siquiera una posibilidad? (No desde su ilusión sino de los hechos concretos y lo que la otra persona es o no es). ¿Se está conformando con menos de lo que desea y necesita? ¿Por qué?
  • Identificar las razones concretas por las cuales esta relación no debe seguir. Identificar y reafirmar las razones concretas por las que se merece una mejor y más armoniosa relación.
  • Preguntarse a quién más afecta su relación tóxica. Muchos se quedan en relaciones no sanas “por los niños” pero estudio tras estudio demuestra que en el caso de relaciones tóxicas, esta opción es la menos recomendable para los menores. ¿Existen niños de por medio? ¿Es este el modelo de relación que quiere dejarles de herencia? ¿Si fueran ellos quienes estuvieran en este tipo de relación, qué querría usted para ellos? ¿Honestamente cree usted que sus hijos están bien viéndole pelear y ser infeliz?
  • Identificar las lecciones sobre su propósito de vida y sobre usted mismo que debe aprender a partir de esta relación. Aprenda la lección y podrá superarla y seguir a cosas nuevas y mejores.
  • Practicar visualizaciones de separación física y energética para disipar energías negativas y dañinas.
  • Purificar cuerpo y energía para reducir la ansiedad, el estrés y la enfermedad que viene a partir de las relaciones tóxicas.
  • Construir afirmaciones que ratifiquen su amor propio, que se merece amor verdadero y que la relación perfecta para usted ya existe – solo tiene que limpiar el camino para que llegue a usted.
  • Mapa de tesoro para trazar el camino hacia sus nuevas metas. Plan de acción.

Las relaciones codependientes (apego afectivo) son relaciones adictivas que se alejan mucho del amor. La persona dependiente se diluye en la otra perdiendo de vista sus ideas, valores, proyectos, y, en definitiva, su individualidad.

No debemos confundir el amor con la dependencia afectiva. Es esto precisamente lo que ocurre en muchas relaciones de pareja, amistad, etc.  El miedo a la pérdida, al abandono y a muchos otros aspectos hacen nacer relaciones amorosas adictivas e, incluso me atrevería a decir, enfermizas.

En principio no hay nada de malo en amar a una persona hasta el punto de que se haría cualquier cosa por ella mientras que ese “hacer cualquier cosa por ella” no afecte de ninguna manera ni a la identidad de cada uno, ni a los principios, ni a las metas ni a lo que es cada uno esencialmente.

El apego, a diferencia del amor, se define como la inclinación, dependencia, afición o adicción hacia algo o alguien. Por ello, el apego (que forma relaciones codependientes) es una causa de sufrimiento porque esclaviza a las personas impidiéndoles ver la realidad; desde ese punto de vista, no hay apegos grandes o pequeños ya que todos son igualmente negativos. El apego es un sentimiento de pertenencia, posesividad, miedo e interés. Es el amor enfermo hacia la otra persona la que provoca la pérdida del norte de la propia vida a causa de estar pendiente del otro. Cuando sentimos apego respiramos el mismo aire de esa persona, queremos controlar lo que hace, dice y piensa, casi quisiéramos meternos en su propia piel para entender todo sobre la otra persona. Así, nos convertimos en un apéndice de la otra persona, perdiendo nuestra propia valía e independencia personal.

No es inusual tener a nuestro alrededor a muchas personas que viven enfrascadas en relaciones afectivas enfermizas de las cuales no quieren o no pueden escapar. De manera más específica, podría decirse que detrás de todo apego hay miedo. Y es que la persona que está apegada a otra, nunca está preparada para la pérdida, porque no concibe la vida sin su fuente de seguridad (“sin él/ella me muero”).

Como lo menciona la autora Chiquinquirá Blandón en su libro Manual para Desenamorarse, “en las relaciones de codependencia la persona da más de sí mismo al otro, dedicando todo su tiempo y energía para mantener los estados de exaltación en su relación, trata cada día de consumir más dosis para ser feliz, entrando en el círculo vicioso del adicto, con sentimientos de exaltación cuando se está bajo los efectos del embriagante y bajos cuando el embriagante se retira”.

Los codependientes son “adictos afectivos, los cuales dependen de otros para vivir, buscan gratificación en los otros como los adictos a la droga”. Son individuos que sienten un gran temor al abandono, necesitan aferrarse a otros incluso cuando la compañía les cause dolor. Por otro lado, el compañero del codependiente, estimula y propicia las conductas adictivas porque las necesita para afirmarse a él mismo. Este tipo de conductas las ejecutan las personas incluso sin darse cuenta, pues han sido conductas adquiridas a lo largo de su vida. Pero llega el momento en que uno de los dos empieza a romper este patrón, inicia el alejamiento y produce la crisis, lo que los lleva a cuestionarse, buscar ayuda y descubrir los patrones adictivos.

Como seres humanos que somos, es importante entender que las relaciones sanas son relaciones en las que la persona asume la responsabilidad de su propia vida y de sus acciones y acepta que en la relación se van a experimentar momentos felices pero a la vez sufrimiento, y que la felicidad no está en el otro, sino que depende de cada uno de nosotros, en definitiva, son relaciones en las cuales no hay temor sino libertad e independencia.

Si alguien se encuentra en una situación de apego afectivo sería importante que buscara ayuda. Lo primero es reconocer que no existe una relación perfecta y mágica. Entender que dejar de depender no significa ser frío o indiferente, ni dejar las emociones de lado. Es aprender a vivir un amor que no esclaviza, es amar sin miedos, sin angustias y es tomar conciencia de que la persona amada es importante pero no es lo único que se tiene en la vida. Evidentemente, no se pueden controlar las vidas ajenas, sólo la propia. Para ello, hay que conocerse a uno mismo, aprender a decidir lo que se desea, lo que agrada y a tener actividades propias, ya que la pareja no es lo único que nos rodea.

El hecho de que desees mucho a tu pareja y que sientas cosquillas en la barriga cada vez que la ves, no significa que sufras de apego. El placer de amar y ser amado es para disfrutarlo, sentirlo y saborearlo. Pero si sientes un vacío incontrolable cada vez que te despides de tu pareja, si el bienestar recibido de tu ser amado se vuelve indispensable para seguir viviendo o la urgencia por verle no te deja en paz y tu mente se desgasta pensando en él, posiblemente puedas considerarte “dependiente del amor”.

Debemos recordar que el deseo mueve al mundo y la dependencia lo frena. El objetivo no es reprimir las ganas naturales que surgen del amor, sino fortalecer la capacidad de desprenderse cuando haya que hacerlo. El “sentimiento de amor” es una variable importante al tener una pareja, pero no es la única. Una buena relación de pareja también debe fundamentarse en el respeto, la comunicación sincera, el deseo, los gustos, los valores, el humor, la sensibilidad y la amistad, entre otras.

El amor es energía, es sentimiento. El dinero no puede comprarlo. El contacto sexual no lo garantiza. No tiene absolutamente nada que ver con el mundo físico pero, a pesar de ello, puede expresarse. El amor es la demostración de cariño, afecto, pasión y admiración por el ser amado pero debe concebirse de una manera controlada, con sentido de lo propio y lo ajeno, con una distancia afectiva entre lo que es la propia persona y la pareja. Esta concepción nos armoniza al estar juntos y nos permite ser independientes y mantener el control de nuestra vida personal, ideas y proyectos.

Así pues, debemos saber que querer algo con todas las fuerzas no es malo, convertirlo en imprescindible, sí. El buscarse a uno mismo, el quererse y el aceptarse son las bases para establecer relaciones sanas y realistas con los demás. El poder de una pareja, aunque suene a tópico, no lo tiene el que tenga más dinero, ni el más fuerte, ni el más inteligente, sino el que necesita menos al otro. Lo importante de una relación de pareja no es quién lleva las riendas sino cómo se llevan.

 

La depresión es un desagradable estado de ánimo del cual queremos escapar. Sin embargo ¡tiene un sentido!

La depresión es un estado mental y emocional en el que predomina la desmotivación, agotamiento y desilusión por todo. Parece haber desaparecido las ganas de vivir…

¿Te sientes deprimido? ¿Quieres salir de la depresión pero no sabes cómo?

La depresión es consecuencia de haber perdido el sentido a la existencia. Si el sentido de tu felicidad la pusiste en una persona, y ésta se ha ido de tu vida, pierdes la felicidad, te deprimes. El error estuvo en poner la felicidad en esa persona, porque una persona nunca te da la felicidad, la felicidad no está en una persona, está en tu interior.

Para salir de la depresión es fundamental que mires hacia adentro en vez de mirar hacia afuera. Mientras mires hacia afuera, te quejas, te resistes a la realidad, culpabilizas… y mientras tanto, no sales de la depresión.

La depresión es el grito del alma para que mires hacia otro lado, para que te des cuenta de que tu enfoque de vida está siendo erróneo. La depresión te invita a DESPERTAR.

Cuando se atraviesa la depresión la vida toma un color gris, las cosas no tienen sentido, el dolor nos mata, perdemos la esperanza, parece no haber ninguna solución.

La depresión es una mezcla de amargura, tristeza e impotencia, nos puede surgir por palabras que no dijimos, personas que no perdonamos, pérdidas, traiciones, rechazo, culpa, maltratos y frustración entre otras cosas.

Pero ¡Ánimo! Hay esperanza… Todas las emociones que experimentemos son para ser atravesadas, fuimos creados para sentir y es por eso que no podemos evitarlo. Sin embargo eso no significa que debamos estancarnos en esas emociones destructivas, son momentáneas, tenemos que atravesarlas para luego salir de ellas.

Algunos motivos que generan depresión y consejos para vencerla:

  1. Expresar nuestro dolor en palabras: Para poder darle salida a las emociones destructivas debes comenzar poniendo todo tu dolor y conflictos en palabras, así podrás identificar los sentimientos bloqueados y buscarles su solución.
  2. Cerrar el pasado: Si recuerdas continuamente una herida o una situación traumática, es mejor que la enfrentes con la llave maestra del perdón. Perdonarnos a nosotros mismos y perdonar a otros es la plataforma para ser libre de la culpa y el rencor. Confiesa con tu boca el perdón aunque no lo sientas y toma la decisión de cruzar esta crucial barrera.
  3. Libres de la falsa culpa: Ésta es inculcada por alguien que nos quiere manipular, o nos quiere hacer cargo de sus malas decisiones. Somos responsables por las decisiones propias, pero nunca por las ajenas. También surge cuando alguien nos quieren hacer depender de su aprobación. No tomes en cuenta a personas que opinan continuamente aprobando o desaprobando, eres libre y debes seguir tu propio corazón y discernimiento personal.
  4. Tolerar la frustración: Aprender que en la vida existe un ingrediente que se llama fracaso o frustración es algo que debemos aceptar para vivir en paz, si caemos en el perfeccionismo estamos caminando al borde de vivir en angustias. El creer que nos tiene que salir todo perfecto es una ilusión absurda. Los errores de otros y los nuestros son una realidad cotidiana que nos ayudan a ir mejorando, pero debemos mejorar sin obsesión.
  5. No eres lo que sientes: Sentir es algo pasajero, las emociones van y vienen pero no debemos identificar nuestra vida por algún sentimiento negativo. No importa que sentimiento negativo tengas, tiene que agotarse y sanarse en tu interior. No tomes decisiones cuando las emociones se encuentran “en ebullición”.
  6. Ver el lado positivo: Para los que creen y tienen fe no hay fin de cosas buenas, sino principios de cosas mejores. Comienza a ver el lado positivo de las cosas y no te concentres en lo negativo. Vivir viendo lo positivo hará una gran diferencia en tu vida.
  7. Alguien que escuche: El primer interesado en escucharte es Dios. Por eso, practicar la oración para exponer todo lo que nos sucede es esencial para desechar la ansiedad. A su vez es bueno buscar a alguien que nos pueda comprender sin juzgarnos.
  8. Modifica tu entorno: Las personas que nos demandan, critican y agobian con sus opiniones son relaciones que debemos impedir aprendiendo a decir “No” cuando no queremos y no a decir “Si” por cortesía. No hagas nada por obligación o culpa. Cumple tus propias expectativas primero y no la de los demás. También debes buscar aprender y vivenciar todo aquello que sea nuevo y desconocido para ti. Piensa en aquella que te gustaría probar y que nunca hiciste.
  9. Camina hacia el futuro: Ocuparnos del presente enfocándonos en el futuro despierta entusiasmo para levantarnos y seguir adelante. Tener pequeñas y grandes metas que cumplir es un motor que siempre nos motivará.
  10. Aprender a disfrutar: Buscar aquello que nos satisface nos hace disfrutar y ser felices. Esto no significa ser egoísta porque alguien que quiere ayudar a los demás primero debe ayudarse a si mismo. Jesús dijo que amemos a los demás y de la misma forma que nos amemos a nosotros mismos; y esto significa respetarnos, querernos y hacer aquello que nos causa felicidad. Vivir la vida disfrutando cada pequeño y gran momento es un don que debemos practicar todo el tiempo.

Esta lista enumera las conductas características de relaciones a la larga tóxicas, si estas en una relación como las de abajo (puede que aparezcan una o más de una), procura corregirla o sino acabarás en una relación tóxica.

  1. LAS RELACIONES EN LAS QUE SOLO ESTÁ A CARGO UNA PERSONA: Si solo una persona ejecuta (lleva) la relación, la relación no es sana y no prosperará adecuadamente. A veces es fácil involucrarnos con una persona que tome el control de las cosas, puede parecer fácil y cómodo que tomen las riendas de nuestra vida, puede que notemos menos presión así. El problema es que esto no es opcional, es decir si tu le das las riendas de tu vida a otra persona, lo más probable es que pierdas el derecho a opinar sobre que hace con ellas. Cuando quieras recuperar el control será muy difícil y la relación empeorará. En estos casos la persona pierde autonomía, independencia, autoestima y autoconfianza. Nunca debes sentirte sin poder o atrapado/a en una relación, eso en realidad no es una relación. Las relaciones implican libertad e igualdad de responsabilidades para ambas personas, cooperación entre las dos personas implicadas. La relación será tan fuerte como sean los dos individuos por separado dentro de la relación. Habrá más crecimiento personal para los dos. Intentar controlar a alguien o que te controlen no lleva a ningún lado.
  2. LAS RELACIONES QUE TIENEN LA FUNCIÓN DE “COMPLETARTE” O “LLENARTE”: Por mucho que en las películas nos inculquen que cuando encontremos a “LA” persona esta nos llenará, nos sacara de la miseria y el aburrimiento y nuestra vida cambiará y será maravillosa, nos elevará a un estado de plenitud y felicidad, lo cierto es que esto es algo que debemos conseguir por nosotros mismos y llevarlo luego a la relación. Una relación no debe servir o utilizarse para suplir carencias personales, esto hace que luego seamos dependientes y no recorramos el camino de crecimiento personal, no evolucionemos y mejoremos como personas por nosotros mismos, y queramos o no, es una responsabilidad y un peso muy grandes para la relación y la otra persona (si estamos mal es culpa de la otra persona y esperamos que ella lo solucione). Suelen ser relaciones en las que luego no se toleran separaciones temporales ni estar solos. No es la responsabilidad de nuestra pareja rellenar esos vacíos existenciales, es un trabajo personal de cada uno. Si no estas bien contigo mismo eso se verá reflejado negativamente en la relación. Uno debe crear su propia felicidad antes de poder compartirla con otros.
  3. RELACIONES CO-DEPENDIENTES: Este tipo de relación es algo similar a la del punto 1, pero aquí son ambas personas las que son pasivas y dependientes, perdiendo su individualidad, no es el caso de una dominante y otra más sumisa. Aquí ambas personas necesitan de la aprobación del otro para llevar a cabo cualquier acción, priorizan las necesidades del otro sobre las propias. La otra persona siempre es la responsable de cómo nos sentimos, todo pasa por ella.  Nos diluimos con la otra persona y la relación se vuelve adictiva. Si el otro se encuentra mal de repente nuestras necesidades personales desparecen y solo pensamos en hacerla sentir bien. ¿El mayor problema? Suelen llevar a una acumulación de resentimiento, aunque hayamos sido nosotros que hayamos decidido valorar las necesidades del otro por encima de las nuestras, luego eso quema. La vida se convierte en mirar por el bienestar de la otra persona las 24 horas del día. Ambos miembros de la pareja deberían responsabilizarse de sus propias emociones y saber regularlas sin la ayuda del otro. Una cosa es ser de apoyo para otra persona y otra es estar obligado a todas horas. En este tipo de relaciones uno se siente obligado a estar cuidando a la otra persona y pasar todo por ella.
  4. RELACIONES BASADAS EN EXPECTATIVAS IRREALES O IDEALIZADAS: La perfección no existe, si amamos a alguien debe ser con sus “defectos” y con sus mas y sus menos. No es sano intentar “arreglar” a las personas o cambiarlas. De hecho cuanto menos esperes de alguien que amas más feliz serás. Las expectativas pueden ser muy traicioneras. Nadie actuará siempre como nosotros esperamos, no son nosotros y por lo tanto vivirán y actuaran a su manera. Vivir una relación por el “cómo debería ser” y no como es, lleva a frustración, sufrimiento y tristeza. No debemos tener expectativas grandiosas e irreales ni tampoco pensar que la otra persona puede cambiar (ni intentar hacerlo) para “mejorar” la relación.
  5. RELACIONES EN LAS QUE EL PASADO SE UTILIZA PARA JUSTIFICAR EL PRESENTE (o tener la razón): Si estas en una relación en la que continuamente se te culpa por el pasado, la relación es tóxica. Si ambos lo hacen la relación se convierte en una batalla por ver quien la “cagó” más y por lo tanto quien debe disculparse. Cuando utilizas lo que ha hecho mal la otra persona en el pasado para justificar tu conducta en el presente lo que estamos haciendo es utilizar la culpa y el resentimiento para manipular a la otra persona (para que se sienta mal en el presente), aparte de perder de vista el problema actual. Al final la relación se convierte en un constante esfuerzo por ambas personas para probar que son “menos culpables” o menos “malos” que el otro, en lugar de intentar ambos ser mejores para el otro. Debes aceptar que para estar con alguien tienes que aceptar sus errores y su pasado. Si algo nos afectó tanto en el pasado, entonces ese era el momento para trabajarlo, no ahora. El pasado pasado es, y pasado debe ser.
  6. LAS RELACIONES BASADAS EN MENTIRAS CONTINUAS: En las relaciones una omisión es como una mentira, las relaciones se basan en la confianza, abrirse a la otra persona y conocerse mutuamente. Ocultar información relevante solo debilitará la relación. Es cierto que se puede reparar la falta de confianza pero esto es muy difícil y requerirá del esfuerzo de ambas partes. De todas formas, al final la verdad siempre se sabe. La persona nos mentirá hasta que consiga que esa mentira se convierta en nuestra realidad, no debemos entrar al juego, si descubres una mentira, confróntala. Las personas que mienten suelen repetir las mentirás hasta que consiguen hacerlas realidad, no participes en esto. Para poder reparar una falta de confianza primero hay que poder reconocer la mentira. El perdón y la reconciliación no ocurrirán hasta que se admita la mentira.
  7. RELACIONES EN LAS QUE EL PERDÓN NO TIENE CABIDA Y EN LAS QUE NO HAY INTENCIÓN DE REPARAR LA CONFIANZA:Esta está en relación con el punto anterior. La confianza se puede reparar, pero mantenerse en una relación en la que no hay intención de repararla no tiene sentido. En casi cualquier relación a largo plazo habrá un problema de confianza o alguna mentira en algún momento, no entender que esta se puede reparar si ambas personas trabajan duramente en su propio crecimiento persona aplicando luego este a la relación convertirá la relación en una relación tóxica para ambos.
  8. RELACIONES EN LAS QUE LA COMUNICACIÓN ES PASIVO-AGRESIVA: Por ejemplo cuando en lugar de comunicar abiertamente como nos sentimos jugamos con indirectas, o cuando la comunicación es hostil e intenta manipular como se siente la otra persona. Hacer cosas sutiles para molestar a la otra persona hasta que nos presta la atención que queremos. Las relaciones se basan en una comunicación abierta y sincera, si la otra persona en la relación nos juzga o crítica cuando nos abrimos puede que nos volquemos en actitudes pasivo agresivas. Puede que la otra persona no esté de acuerdo en lo que piensas pero en las relaciones fuertes se alcanza un compromiso, la otra persona accede a apoyarnos sin necesariamente tener que estar de acuerdo obligadamente a pensar igual que nosotros.
  9. RELACIONES GOBERNADAS POR EL CHANTAJE EMOCIONAL: Esto se refiere a aplicar un castigo emocional cuando la otra persona no hace exactamente lo que queremos. Al final la otra persona accede a comportarse de otra manera a causa del chantaje.  Se soluciona como en el punto anterior con una mejor comunicación. Los sentimientos y emociones se pueden comunicar pero de una manera sana y sincera sin atacar a la otra.
  10. RELACIONES QUE QUEDAN EN UN SEGUNDO PLANO:Las relaciones requieren que se les dedique tiempo y esfuerzo, si no se las cuida se marchitan. Es importante dedicar tiempo de calidad a la relación, compartir actividades solo con la otra persona que os enriquezcan como pareja. La otra persona (y la relación) requieren de tu presencia, atención y tiempo.

Si evitas todo lo anterior, ¡evitarás tener una relación tóxica y estarás en una mucho más feliz y sana!

Las relaciones tóxicas son un gran problema, ¿quién no tiene un familiar o un amigo que esta totalmente inmerso en una relación que ni le conviene ni le hace feliz y a la que todos veis poco futuro? ¿El problema?, que la otra persona no lo ve y no hay manera de hacérselo ver. Esto es muy frecuente y de hecho es probable que nos pase a nosotros mismos, son estas relaciones de las que al salir decirnos: ¡Menos mal que al final salí y lo he superado! (cosa que solo se suele ver una vez fuera). Paradójicamente  las relaciones tóxicas son las relaciones de las que más cuesta salir y que más enganchados nos dejan.

En parte puede que la sociedad tenga la culpa de esto, a pesar de todos los conocimientos que se nos inculcan, poco es el aprendizaje que circula sobre relaciones, manejo emocional y como evitar verse atrapado en las garras de gente tóxica, frecuentemente este aprendizaje es por ensayo y error, una vez ya hemos caído. Lo cual no es muy alentador. A esto contribuyen también las revistas, las películas románticas, etc… Que enfatizan la posibilidad de enamorarte de alguien que no conoces, y vuelven románticas cosas que en realidad no lo son, ideales no reales, con unas líneas muy finas entre por ejemplo un acoso y un admirador, sobre el dejarlo todo por una persona (perdiendo la independencia incluso), sobre saber que la persona es la ideal nada más verla pasar por el parque (esto puede ser algo obsesivo), etc… Al final cuando algo de esto nos sucede fácilmente sabemos girar la tortilla para verlo como algo positivo aunque en realidad no lo es.

Somos dependientes de un objeto o una persona cuando pensamos: «Si lo pierdo o no puedo obtenerlo, mi vida no tendrá sentido». Y somos personas emancipadas (autónomas) o desapegadas, cuando pensamos: «Si logro lo que deseo, lo disfrutaré mientras lo tenga, pero si lo pierdo o no puedo conseguirlo, no será el fin del mundo ni se acabará la vida, aunque me duela». En el desapego sigo adelante, no me deprimo ni me dejo abatir por la pérdida, sencillamente sigo adelante.
Ser «independiente» no es ser poco compasivo o estar desligado de los demás. Amar y relacionarse con los otros desde una actitud de desapego/independencia es hacerlo con respeto y libertad. Me interesan las personas, pero no me esclavizo ni destruyo mi valía personal para vincularme con ellas; lo hago desde una posición digna. ¿Qué daré a los demás si no me quiero a mí mismo ni me valoro? ¿Cómo entregar lo que no tengo? No se trata de prescindir de la gente, sino de acercarse a ella sin maltratar ni maltratarse, sin ser servil, sin miedo, sin humillación, sin la carga de la dependencia.

• ¿La gente desapegada es irresponsable?
Desapego no significa «falta de compromiso» con lo que uno hace o dice. No es lavarse las manos. Pode
mos ser responsables sin sentir angustia o culpa anticipada. El Bhagavad Gita (un texto sagrado hinduista considerado uno de los clásicos
más importantes del mundo) hace dos mil seiscientos años afirmaba en uno de sus versos:
Aquel que está siempre satisfecho y no depende de nada, al no estar apegado al fruto de sus obras, aunque esté comprometido en sus actos, no necesita esclavizarse.
«No estar apegado al fruto de sus obras…» ¿Habrá algo más cercano a la paz interior? Comprometerse no es esclavizarse ni venderse al mejor postor. La consigna del desapego manifiesto: prohibida la esclavitud mental, además de la física.
Y aconseja resistirse a cualquier cosa que atente contra nuestra dignidad o nos encadene emocionalmente, es decir: no aceptar nada que nos robe la capacidad de pensar y
sentir como nos dé la gana.

Me senté en la cocina, bebiendo café, pensando en mis labores domésticas sin terminar. Los platos. Sacudir. Ropa por lavar. La lista era interminable y, aun así, no podía comenzar. Era demasiado para pensar en ello. Hacerlo me parecía imposible. Igual que mi vida, pensé. La fatiga, una sensación familiar, se apoderó de mí. Me dirigí a mi recámara. Antes un lujo, las siestas se habían vuelto para mí una necesidad. Casi lo único que podía hacer era dormir. ¿A dónde había ido mi motivación? Yo solía tener exceso de energía. Ahora era un esfuerzo peinarme el cabello y aplicarme el maquillaje a diario, un esfuerzo que a menudo no hacía. Me tendí en mi cama y me dormí profundamente. Cuando desperté, mis primeros pensamientos y sentimientos eran dolorosos. Esto tampoco era nuevo. No estaba segura de qué me lastimaba más: si el agudo dolor que sentía porque tenía la certeza de que mi matrimonio había terminado ±se había escapado el amor, extinguido por las mentiras y por la bebida y por las desilusiones y por los problemas económicos±; la amarga ira que sentía contra mi esposo ±el hombre que había provocado todo esto±; la desesperación que sentía porque Dios, en quien yo había confiado, me había traicionado permitiendo que me pasara esto; o la mezcla de miedo, desamparo y desesperanza que se conjugaba con todas las otras emociones. Maldición, pensé, ¿por qué tendría él que beber? ¿Por qué no podría haberse puesto sobrio antes? ¿Por qué tendría que mentir? ¿Por qué no me pudo haber amado tanto como yo a él? ¿Por qué no dejó de beber y de mentir hace años, cuando todavía me importaba? Nunca tuve la intención de casarme con un alcohólico. Mi padre lo fue. Traté de elegir cuidadosamente a mi esposo. ¡Qué gran elección! El problema de Frank con la bebida se hizo aparente durante nuestra luna de miel cuando abandonó nuestra habitación en el hotel una tarde y no regresó hasta las 6:30 de la mañana siguiente. ¿Por qué no me di cuenta entonces? Mirando en retrospectiva, los síntomas eran claros. ¡Que tonta había sido! “Oh no, él no es alcohólico. Él no.” Lo había defendido una y otra vez. Había creído sus mentiras. Había creído mis propias mentiras. ¿Por qué no lo dejé entonces y pedí el divorcio? Por sentimiento de culpa, por miedo, por falta de iniciativa e indecisión. Además, ya lo había dejado antes. Cuando estuvimos separados, todo lo que hice fue sentirme deprimida, pensar en él y preocuparme por el dinero. Tonta de mí. Miré el reloj. Las tres menos cuarto. Los niños pronto regresarían de la escuela. Luego vendría él, esperando que le sirviera la cena. No hice el quehacer hoy. Nunca hice nada. Y es su culpa, pensé: ¡ES SU CULPA! Súbitamente, cambié mis engranes emocionales. ¿Estaba mi esposo realmente en el trabajo? Quizá había salido con alguna otra mujer. Quizá estuviera teniendo un affaire. Quizá había salido más temprano para irse a beber. Quizá estaba en el trabajo, causando problemas allí. Y de todos modos, ¿cuánto duraría en este trabajo? ¿Otra semana? ¿Un mes más? Luego abandonaría el empleo o lo despedirían, como siempre. El teléfono sonó, interrumpiendo mi ansiedad. Era una vecina, una amiga mía. Hablamos y le platiqué del día que había tenido. “Mañana voy a ir a Al-Anón”, me dijo. “¿No quieres venir?”  Yo había oído hablar de Al-Anón. Era un grupo de personas casadas con borrachos. Me vinieron a la mente imágenes de las “mujercitas” que acudían en tropel a esas reuniones, aceptando la manera de beber de sus maridos, perdonándolos y pensando en pequeñas formas de ayudarlos. “Ya veremos” le mentí. “Tengo mucho quehacer”, le expliqué, y no estaba mintiendo. La ira se apoderó de mi, y escasamente escuché el resto de nuestra conversación. Desde luego que ya no queria ir a Al-Anón. Yo ya lo había ayudado una y otra vez. ¿Qué no había hecho ya suficiente por él? Me sentía furiosa ante la sugerencia de que hiciera más y de que siguiera dando a este saco sin fondo de necesidades insatisfechas que llamamos matrimonio. Estaba harta de cargar con todo el peso y de sentirme responsable por el écito o fracaso de nuestra relación. Es su problema, murmuré en silencio. Que encuentre él la solución. Déjenme fuera de esto. No me pidan una sola cosa más. Que tan sólo mejore él, y yo me sentiré mejor. Después de colgar el teléfono, me metí a la cocina a preparar la cena. De cualquier modo, no soy yo quien necesita ayuda, pensé. Yo no he bebido, ni he usado drogas, ni he perdido empleos, ni he mentido para engañar a mis seres queridos. He mantenido unida a esta familia a toda costa. He pagado cuentas, he administrado un hogar con un presupuesto raquítico, he estado ahí en cualquier emergencia (y, casada con un alcohólico, ha habido muchas emergencias), he pasado la mayoría de las malas épocas sola, y me he preocupado hasta enfermarme. No, he decidido que no soy yo la irresponsable. Al contrario, he sido responsable de todo y por todos. Yo no estoy mal. Sólo necesito empezar, empezar con mis labores cotidianas. No necesito reuniones para hacerlo. Simplemente me sentiría culpable si saliera cuanto tengo tanto quehacer atrasado en casa. Dios sabe que no necesito más sentimientos de culpa. Mañana me levantaré y me mantendré ocupada. Las cosas mejorarán mañana. Cuando llegaron los niños, me encontré gritándoles. Eso no les sorprendió a ellos ni a mí. Mi esposo era buena onda, el bueno del cuento. Yo era la bruja. Traté de ser complaciente, pero me costaba mucho trabajo.

La ira se hallaba siempre a flor de piel. Había tolerado tanto y durante tanto tiempo que ya no estaba dispuesta a tolerar nada. Me hallaba siempre a la defensiva y sentía que, de algún modo, estaba luchando por mi vida. Más tarde supe que efectivamente así era.

 

Cuando llegó mi esposo me había esforzado en preparar la cena, sin interés alguno. Apenas hablábamos durante la comida.

 

-Hoy me fue muy bien- dijo Frank.

<< ¿Qué significa eso?>>, pensé, << ¿Qué hiciste en realidad? ¿Fuiste siquiera al trabajo? Además, ¿a quién le importa?>>

-Que bien- le contesté.

-Y a ti, ¿cómo te fue?- me preguntó.

<< ¿Cómo diablos crees que me ha podido ir?>>, pensé para mí. <<Después de todo lo que me has hecho, ¿cómo esperas que me vaya?>> Le eché una mirada asesina, forcé una sonrisa y dije:

-Bien, gracias por preguntarme.

 

Frank miró hacia otro lado. Había escuchado lo que no dije, más que lo que dije. Y sabía que no debía hablar más. Yo también. Generalmente estábamos siempre a un paso de una pelea violenta, a un repaso de las ofensas pasadas y de las amenazas de divorcio. Solíamos enredarnos en discusiones, pero llegábamos a hartarnos de ellas. Así, ahora peleábamos en silencio.

 

Los niños interrumpieron nuestro silencio hostil. Nuestro hijo dijo que quería ir a un parque que se hallaba a varias calles de distancia. Le dije que no, que no quería que fuera si no lo acompañaba su padre o yo. Se puso sollozar diciendo que quería ir, que iría. El gritó pidiendo que lo dejara ir, que a todos los demás niños los dejaban. Como siempre, cedí. <<Muy bien, ve, pero ten cuidado>>, le advertí. Sentí como si hubiera perdido. Con mis hijos y con mi esposo siempre sentía que perdía. Nadie me escuchaba, nadie me tomaba en serio.

 

Yo no me tomaba en serio.

 

Después de cenar me puse a lavar los platos, mientras mi esposo veía la televisión. <<Como siempre, yo trabajo y tú te distraes. Yo me preocupo y tú descansas. A mí me importan las cosas y a ti no. Tú te sientes bien y yo sufro. Maldito seas>>. Crucé el salón varias veces, bloqueando a propósito la imagen del televisor y mandándole secretas miradas de odio. Él me ignoraba. Cansada de eso, suspiré y dije que iba a salir a cortar el césped. <<En realidad, eso es trabajo de hombres>>, le dije <<pero temo que lo voy a tener que hacer yo>>. Él dijo que lo haría después. Le dije que ese después nunca llegaba y que ya no podía esperar, me daba vergüenza tener el césped así. <<Olvídalo>>, le dije, <<de todos modos ya estoy acostumbrada a hacerlo yo todo>>. El dijo: <<está bien, lo olvidaré>>. Me salí a punto de estallar y caminé por la hierba.

 

Estando tan cansada, me fui pronto a la cama. Dormir en la misma cama que mi esposo me resultaba tan tenso como nuestros momentos durante el día. O no hablábamos, cada uno en una orilla de la cama para estar lo más lejos posible, o bien el hacía algún intento –como si todo estuviera bien- de tener relaciones sexuales. Ambas cosas me causaban tensión. Si nos dábamos la espalda uno al otro, permanecía inmersa en mis pensamientos confusos y desesperados. Si él intentaba tocarme me helaba. ¿Cómo se atrevía a esperar que hiciera el amor con él? General mente lo rechazaba cortante: <<No, estoy demasiado cansada. >> Algunas veces accedía. De vez en cuando por que tenía ganas, pero generalmente si tenía relaciones con él era porque me sentía obligada a satisfacer sus necesidades sexuales y, en caso de no hacerlo, me sentía culpable. De cualquier modo, el sexo me resultaba emocional y psicológicamente insatisfactorio. Pero como me decía a mí misma, no me importaba. No me interesaba en lo absoluto. Hacía ya mucho que había cancelado mis deseos sexuales. Hacía ya mucho que había dejado de dar y recibir amor. Había congelado la parte de mí misma que sentía. Tuve que hacerlo para poder sobrevivir.

 

¡Había puesto tantas esperanzas en este matrimonio! ¡Tuve tantos sueños para nosotros dos! Pero ninguno de ellos de hizo realidad. Fui engañada, traicionada. Mi hogar y mi familia –el lugar y las personas que debían haber sido mi calor, mi refugio de amor- se habían convertido en una trampa. Ya no era capaz de hallar la salida. <<Tal vez>>, me decía a mí misma, <<las cosas mejorarán. Después de todo, la culpa de todos los problemas la tiene él. El alcohólico. Cuando se ponga bien, nuestro matrimonio mejorará>>.

 

Pero me estaba empezando a decir a mi misma: <<Hace ya más de seis meses que no bebe y está asistiendo a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Está mejorando. Yo no>>. ¿Realmente su recuperación era suficiente para hacerme feliz? Hasta ahora, el hecho de que hubiera dejado de beber no parecía haber provocado ningún cambio en la manera en que yo me sentía que era, a los 32 años, totalmente seca, usada y frágil. ¿Qué le había pasado a nuestro amor? ¿Qué me había pasado a mí?

 

Un mes después comencé a sospechar lo que pronto sabría que era la verdad. Para entonces, el único cambio ocurrido era que yo me sentía peor. Mi vida estaba atascada y deseaba que se acabara. No tenía ninguna esperanza de que las cosas mejoraran. Ni siquiera sabía que era lo que funcionaba mal. Carecía de propósito, excepto el de cuidar a otras personas y eso tampoco lo estaba haciendo bien. Estaba atascada en el pasado y temía al futuro. Parecía que Dios me había abandonado. Me sentía culpable todo el tiempo y me preguntaba si no estaría volviéndome loca. Me había ocurrido algo espantoso, algo que no podía explicar. Algo se había cebado en mí y había arruinado mi vida. De alguna manera, yo había resultado afectada por el hábito de la bebida y el modo en que eso me había afectado ahora era mi problema. No importaba ya quien tenía la culpa. Había perdido el control.

Al igual que hay personas adictas a diferentes sustancias (alcohol, cocaína, tabaco), también existen individuos que sufren adicción a ciertas emociones que algunas personas o situaciones desencadenan en ellos. Y es que las emociones también liberan sustancias químicas en el cuerpo que pueden ser muy adictivas como por ejemplo la adrenalina que uno experimenta en una relación pasional.

Concretamente, las personas codependientes se caracterizan por la manifestación de una excesiva, y a menudo inapropiada, preocupación por las dificultades de otra persona.

Las personas codependientes organizan su comportamiento en función de otra persona con el fin de satisfacer necesidades personales que no fueron atendidas en el pasado. Y es que la codependencia es una herida que viene de la infancia, generalmente debido a un inadecuado apego con las figuras cuidadoras, que se manifiesta en la vida adulta en problemas relacionales.

Muchas personas permanecen atrapados en relaciones insatisfactorias y hasta destructivas porque les asusta la idea de quedarse solos o porque se sienten responsables de la felicidad de su pareja.

Algunos Síntomas de la Codependencia:

1) Estar siempre preocupado por complacer a los demás. Las personas codependientes sacrifican sus necesidades para atender primero las de su pareja o de otras personas.

2) Tener dificultades en decir que no o en expresar sus preferencias.

3) Baja autoestima. La autoestima de las personas codependientes depende en gran medida de la aprobación de los demás. Se preocupan demasiado por lo que los demás piensan de ellos.

4) Miedo a ser rechazado o a ser abandonado.

5) Negación. Hacen la vista gorda sobre aspectos problemáticos de su pareja y de la relación.

6) Pasan su tiempo tratando de cambiar a su pareja u otras personas significativas.

7) Límites difusos. Las personas codependientes a menudo se sienten responsables por los sentimientos y problemas de los demás. Se muestran excesivamente empáticos. Como tienen límites difusos, absorben con facilidad las emociones de los demás.

8) Siguen atrapados en una relación insatisfactoria y a veces extremadamente abusiva, aunque en el fondo sepan que esa relación no les conviene.

9) Control. Los codependientes a menudo sienten la necesidad de controlar (de forma implícita o explicita) a los que están a su alrededor. Lo hacen porque controlar les aporta seguridad.

10) Tener obsesiones. Las personas codependientes tienden a pasar mucho tiempo pensando en otras personas o en los errores que han cometido.

Es importante buscar ayuda profesional ya que los síntomas de la codependencia, si no son tratados, pueden empeorar con el tiempo.

Aquí vienen algunas preguntas que puedes hacerte para empezar a producir un cambio en ti y en tu relación de pareja:

–       Visualízate a ti mismo o a ti misma en una relación de amor sana donde tus necesidades son tenidas en cuenta. ¿Cómo sería?

–       ¿Qué es lo que te impide tener una relación así?

–       ¿Cuál es tu parte de responsabilidad en esa dinámica disfuncional con tu pareja?

–       ¿Te recuerdan algunas interacciones que tienes con tu pareja a las que se daban en tu familia?

–       ¿Cómo está tu autoestima? ¿Cómo te hablas a ti mismo/misma?

–       ¿Cuánto tiempo más piensas perder siendo infeliz?

Muchas personas piensan que estar enamorado/a significa necesariamente sufrir pero es porque no conocen otra cosa. Si sientes que estás perdiendo o has perdido tu individualidad, te encuentras aislado/a socialmente, mientes sobre tu pareja a tu amigos y familiares, tienes la impresión de estar atrapado/a en una relación que no te conviene, etc. no esperes más tiempo para pedir ayuda. Recuerda que pedir y aceptar ayuda es un comportamiento valiente, no un signo de debilidad. Acude a un profesional, a un grupo de codependientes anónimos, o al menos habla con un amigo, pero no te quedes solo/a con tu sufrimiento.

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MIGUEL PLA PSICOTERAPUETA © DERECHOS RESERVADOS 2014