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Miguel Ángel Pla

Psicoterapeuta – Coach Personal y Ejecutivo

direccion@miguelpla.com

Teléfono: (81) 83 78 47 10

 

La comunicación expone lo que está pasando dentro del corazón humano.

Si tu corazón, tu realidad interna, está gobernando por el temor, entonces vas a telegrafiar eso a través de tu lenguaje corporal, expresiones faciales, palabras y tono. Por el contrario si tu corazón está gobernado por la fe, la esperanza y el amor, liberarás esta realidad a través de lo que dices y de cómo lo dices.

Si tu corazón está gobernado por el temor, entonces gran parte de lo que comunicas va estar diseñado, de hecho, para esconder lo que verdaderamente está pasando por dentro. Te retraes, pretendes que algo no te hace daño, o actúas como si estuvieras feliz aun cuando tu corazón se está rompiendo en el intento de evitar el dolor que puede infringir ser “auténtico”.

También es posible que a ti jamás te enseñasen cómo interpretar y traducir el lenguaje de tus pensamientos, emociones y deseos en palabras y mucho menos comunicárselo a los demás.

Hazte 2 preguntas:

  • Si nunca llegaste a aprender a valorar y entender lo que está pasando en tu interior, ¿cómo puedes valorar y entender lo que está pasando en el interior de otra persona?
  • Si no te conoces a ti mismo, ¿cómo puedes llegar a conocer a otra persona, alguien que tiene una experiencia y perspectiva completamente diferente, y valorar la verdad de lo que es?

La respuesta a ambas es sencilla, No puedes.

Los comunicadores pasivos intentan convencer al mundo de que todos los demás son más importantes que ellos. Su creencia central es, “Tu importas y yo no”. Cuando te enfrentas a una decisión conjunta en una relación, la persona pasiva insiste en que los pensamientos, sentimientos y necesidades de la otra persona importan más.

Las personas pasivas justifican el hecho de devaluarse definiéndose como siervos pacientes y sufridores que mantienen la paz y jamás crean problema alguno. Piensan que está bien no tener necesidades ni requisitos.

Si soy un comunicador pasivo, mentiré porque tengo miedo de lo que harás si te enteras de que tengo necesidades.

El comunicador agresivo. Su creencia central es “Yo importo pero tú no”. Los comunicadores agresivos saben cómo conseguir lo que quieren.

El estilo de comunicación pasivo-agresivo es el más sofisticado, así como el más escurridizo de los estilos de comunicación basados en el temor. Es lo peor del pasivo y lo peor del agresivo.

Manipulan y controlan a los demás a través de un engaño activo y formas de castigo sutiles pero mortíferas.

La comunicación asertiva es “Tu importas y yo también”

Los comunicadores asertivos se niegan a tener relaciones o conversaciones en las que ambas personas no tengan un valor alto e igual. Este proceso realza su capacidad de valorar y entender lo que les comunica la otra persona sobre su propio corazón.

No tienen miedo a ser poderosos ni de permitir que otras personas sean poderosas dentro de una relación o conversación.

Pueden establecer límites consistentes alrededor de la conversación para que ésta siga siendo respetuosa y requieren que ambas partes participen en iguales términos.

Cuando te comprometes a convertirte en el mejor comunicador que puedes llegar a ser, te comprometes con la conexión y a ser una persona verdaderamente poderosa. No solo cambiará tu relación con tu corazón para mejor, sino que tus relaciones con los demás se verán transformadas.

Recuerde algo: Hablar no es comunicarse

Miguel Ángel Pla

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En la vida diaria, puede considerarse hasta cierto punto normal, experimentar angustia o miedo ante algunas situaciones, este tipo de reacción en determinados sucesos que pueden parecerte difíciles de resolver o amenazantes se tratan de un estado emocional conocido como ansiedad.  El problema es que presentar angustia, miedo o preocupación en forma desmedida puede ser indicador de que algo no anda bien y derivar en enfermedades o, incluso, afectar tu rendimiento laboral y profesional, así como la capacidad de relacionarte con los demás. De ahí que los especialistas determinen que, en estos casos, se padece un trastorno de ansiedad.

Señales que indican ansiedad

Cuando se padece una crisis de ansiedad, se pueden presentar varios síntomas. Entre los más comunes, se encuentran:

  • Taquicardia (el corazón late muy rápido).
  • Dificultad para respirar u opresión y dolor en el pecho.
  • Visión borrosa.
  • Sudor excesivo.
  • Sensación de temblor generalizado, que se nota principalmente en manos y piernas.
  • Náuseas.
  • Calambres, sensación de hormigueo o entumecimiento.

¿Qué causa la ansiedad?

Entre los factores que suelen provocar ansiedad, se listan:

  • Situaciones estresantes de la vida diaria como conflictos laborales, la pérdida de un ser querido, problemas con la pareja, enfrentar una enfermedad crónica o una larga convalecencia, entre otras.
  • La genética: Aunque los trastornos de ansiedad pueden presentarse en cualquier persona, unos estarán más predispuestos que otros dependiendo de su personalidad y su genética, así como del ambiente en el que se desenvuelven.
  • Toma de medicamentos: Algunos fármacos como los antidepresivos tienen como efectos secundarios los estados de ansiedad.

Cabe mencionar que las adicciones también suelen generar estados de ansiedad, no solo en el caso, por ejemplo, del consumo de determinado tipo de drogas, sino por el hecho de la codependencia, es decir, el apego enfermizo u obsesivo a una sustancia o actividad. Asimismo, tomar sin moderación sustancias como té, café o bebidas energéticas pueden producir ansiedad.

¿Qué hacer para controlar la ansiedad?

Se sugiere que la persona realice algunos cambios en su estilo de vida, tales como:

  • Realizar actividad física, como hacer caminatas o practicar algún deporte.
  • Programar prioridades, evitar hacerse cargo de todo a la vez.
  • Dedicar tiempo para sí mismo, como tomar un baño agradable, ir al spa, salir con los amigos o visitar a familiares.
  • Plantearse objetivos realistas, con la seguridad de que es posible conseguirlos.
  • Realizar los cambios necesarios, una vez que se descubre que algún acontecimiento está haciendo crecer la ansiedad.
  • Relajarse, ya sea a través de la oración o de sencillos ejercicios en casa para disminuir la tensión.

Miguel Ángel Pla

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Hay amores que son como un huevo sin sal: desabridos. Puede que el sentimiento exista, pero no se ve ni se siente. Se intuye, se presiente, pero no se evidencia.

No aparece. Solo recorre, discreto y fantasmal, la periferia de alguna piel deseosa de experimentar la bendición de las caricias. Un amor aséptico no necesita una cama, sino un quirófano. Es una flor cerrada que se ahoga en su perfume. Un capullo de clima caliente en clima frío. El amor requiere aire despejado, largas primaveras y buena temperatura ambiente. De no ser así, se arruga, se repliega sobre sí mismo y envejece.

El impulso afectivo debe moverse con libertad para no morir. Y no me refiero al sentir desbocado que lastima y enloquece, sino a la candela que necesita el amor para mantenerse vivo.

Un afecto timorato, amansado y moldeado por el hipercontrol, se parece más a un ordenador que a un ser humano. No debería extrañarnos que el primitivo y encantador lenguaje afectivo llegue a ser reemplazado por uno mucho más aburrido y reflexivo. Por ejemplo: “Caramba… Caramba…Creo que mi activación interna y las manifestaciones de mi musculatura estriada me indican que estoy llegando al clímax…”.

El beso espontáneo, apasionado y devorador que ha caracterizado a los Rodolfo Valentino de este siglo, podría ser sustituido por una higiénica invitación al roce bucal: “Discúlpame… no quiero ofenderte ni pasar por atrevido… pero te invito a que intercambiemos nuestros respectivos alientos…”. La racionalidad es la peor enemiga de la pasión.

Las personas que han hecho de la mesura sentimental una especie de virtud constipada, no solamente frustran a su compañero o compañera, sino que se autoproclaman en directores espirituales del buen comportamiento. Una cosa es el pudor natural que acompaña la experiencia amorosa, y otra muy distinta, la fobia a sentir. Es verdad que la ética del amor requiere una buena dosis de responsabilidad, pero también es cierto que el bloqueo indiscriminado del afecto destruye cualquier vínculo.

“Para qué decirle que la quiero, si ella ya lo sabe”, decía un señor aterrado ante la posibilidad de contemplar a su deprivada mujer. Pero el cariño nunca sobra. El acto de amar no conoce redundancias. Un “te recontraquiero” es mucho más seductor y placentero que un “te quiero” a secas. El escueto y tradicional “buen día” se magnifica cuando lo acompañamos de un abrazo y un pico mañanero. Un pellizcón al atardecer puede ser el preludio de las mil y una noches. Sacar espinillas, peinar canas, jugar con los dedos del otro, susurrar, murmurar, suspirar cara a cara y sobar, son notificaciones y recordatorios de que la relación está viva. Es preferible un amor barroco, con mayúsculas y letras góticas, a un afecto postmoderno, mezquino y de letra menuda.

Una buena relación no permite la duda afectiva. Cuando el sentimiento vale la pena, es tangible, incuestionable y casi axiomático. No pasa desapercibido porque las miradas casi siempre nos delatan.  Es muy claro: si la persona que dice amarme vive “confundida”  y me acaricia cada muerte de obispo, la cosa está grave. Puede que me aprecie bastante, pero no creo que me ame.

¿Cuándo fue la última vez que te desmadejaste en los brazos de la persona amada? ¿Hace cuánto que no amaneces encalambrado, retorcido, anudado con las piernas del otro, sin almohadas y con tortícolis? El bienestar afectivo no es otra cosa que cariño al por mayor. Ese es el secreto: dejar salir el amor por los cuatro costados (en realidad son seis) hasta inundar la persona que amas. Lo demás viene por añadidura.

El ímpetu amoroso no puede silenciarse. Cuando se dispara, el organismo no cabe en su pellejo, lo implícito se hace explícito y el cuerpo, incontenible, se desborda en imprudencias. Y es precisamente ahí, entre el cataclismo hormonal y la comunión de dos, que el amor comienza a saborearse.

Miguel Ángel Pla

Psicoterapeuta – Coach Ejecutivo y personal

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Lo que equivale a decir: hagas lo que hagas, te amaré igual. Sin condiciones, en las buenas y en las malas, bajo cualquier circunstancia, en la infidelidad, en los golpes, en la explotación, en el desamor, en la burla y en la indiferencia. No importa que hagas… yo siempre estaré allí.

¿A quién se le ocurrió semejante disparate?

¿Es que en el amor de pareja no intervienen los derechos humanos?

Amor reverencial, imposible de cuestionar: ¿Quién puede vivir con semejante compromiso? Juremos menos y construyamos más.

Aceptar todo de antemano implica negar la propia consienta y perder de vista los límites que no debemos traspasar. El amor de pareja debe estar condicionado a los mínimos éticos, como cualquier otra relación interpersonal, porque de no ser así, le otorgaríamos al amor la propiedad de transgredir las leyes humanas y universales.

No ser incondicional o ser condicional no significa hacer una apología del egoísmo y la indiferencia sino definir límites.

La frase mágica que debemos de decir cuando vivimos en un amor así es: “Te amo, pero no puedo vivir contigo”

El amor no garantiza una buena convivencia, esa se construye.

La idea de que el amor debe ser absoluto e ilimitado es irracional, porque un pacto de incondicionalidad rompe las leyes de las probabilidades y el azar, ya que pretende establecer una certeza imposible.

¡Mucho ojo! La convivencia con la persona que amas requiere unas variables distintas y a veces en sentido contrario al amor universal, porque el ego está mucho más involucrado y el deseo también.

Miguel Ángel Pla

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Relaciones tóxicas son aquellas en las que de una manera u otra, una o ambas personas involucradas terminan lastimadas físicas, emocional o psicológicamente.

Como saber si estás en una relación tóxica

  • Te da miedo o preocupación expresarte libremente. Te cohíbes.
  • Si lo pudieras poner en una balanza, pasas más tiempo sintiendo ansiedad o tristeza que felicidad y paz.
  • Desconfías de tu pareja.
  • Tus estados de ánimo dependen de cómo esté tu relación.
  • Tienes momentos de inmensa rabia o desesperación.
  • Eres abusado-a verbal, sexual o físicamente.
  • Sientes que das más de lo que recibes.
  • Te sientes controlado – no te sientes libre de actuar o hablar por temor al reproche.

Entendiendo las relaciones tóxicas

Primero que nada, a ningún nivel y bajo ninguna circunstancia es sano quedarse en una relación tóxica. Si eres infeliz, debes tomar acción.

Por otro lado, es importante entender el por qué nos encontramos con este tipo de relaciones, especialmente si tendemos a repetir el patrón.

Como todo lo que vivimos, nuestras relaciones tienen un propósito superior. Este propósito incluye afectar a otro ser, ser afectados por ese otro ser y aprender lecciones sobre nosotros mismos y lo que vinimos a hacer en este plano. En este sentido, las relaciones pasan de ser una interacción entre dos personas, a ser un instrumento para el autoconocimiento y la superación espiritual.

Existen varias versiones metafísicas de por qué caemos en relaciones tóxicas. Algunos creen que son almas gemelas o contratos kármicos que tenemos con otras almas y que venimos a sellar o cancelar.

Hay quienes piensan que antes de encarnar en estos cuerpos, nosotros mismos (o nuestra alma) escoge vivir ciertas situaciones difíciles para aprender las lecciones que nos van a impulsar en el proceso espiritual que todos debemos recorrer. Y otros creen que dependiendo de nuestra evolución espiritual, se nos presentan más o menos oportunidades de superar obstáculos. Si ganamos la prueba, avanzamos y si no, nos estancamos. Las relaciones con otros son una de las pruebas más efectivas.

NOTA: Si usted se siente en peligro de ser lastimado al intentar dejar una relación, busque ayuda y apoyo. No es necesario que corra riesgos. Existen recursos que lo protegen.

Aprendiendo de las relaciones tóxicas

Lo primero es observar nuestra relación honestamente y ser sinceros sobre la calidad de esta y lo que nos aporta.

Si vemos la vida en perspectiva – no desde el dolor o ansiedad que sentimos en este instante, sino desde una escalera donde avanzamos paso a paso – cualquier cosa que estemos viviendo en este momento tiene una razón de ser superior a nuestra experiencia terrenal.

¿Si estuviéramos completamente seguros de que lo que estamos viviendo es sólo una prueba que, si superada, nos llevará a momentos y lugares mejores, cómo viviríamos el presente?

¿Si entendiéramos que el dolor o problema que enfrentamos hoy es sólo un punto diminuto en un universo de posibilidades, le otorgaríamos la misma importancia? ¿Nos aferraríamos a él?

El dolor es parte de nuestro camino. Es inevitable. Es parte de la experiencia humana. Sin embargo, viene y va. Pasa. Y esa es la primera cosa que debemos recordar cuando nos enfrentamos a una situación dolorosa. Esto también pasará.

Segundo, el control es nuestro. ¡Imaginemos ese poder! Todo lo que queremos, lo podemos tener. Pero tenemos que explorar a fondo primero nuestras opciones y no dejarnos llevar por caprichos del corazón o de la mente. Si ya estamos en una relación tóxica, es nuestra decisión – solo nuestra – aprender de ella y superarla.

¿Qué podemos aprender de una relación tóxica? Depende de nuestro camino y propósito. Puede ser el amarnos a nosotros mismos, el perdonar, el manejar la rabia y la frustración, el evitar la tentación, el encontrar la conexión cósmica en toda relación terrenal… En fin, ¡muchísimas cosas! Pero sólo nosotros podemos encontrar la respuesta a nuestra situación.

Lo importante es sin embargo entender que no tenemos por qué quedarnos en este tipo de relación y que estaremos bien cuando la terminemos. Siempre y cuando veamos las cosas desde la perspectiva espiritual – como prueba y aprendizaje – el dolor momentáneo de la separación pasará a un segundo plano, y la fuerza y sabiduría que ganaremos será lo principal.

Herramientas para superar la separación

  • Establecer qué quiere realmente de una relación. ¿Cuál es su anhelo en términos de amor y relaciones? Comparado con su relación actual, ¿obtiene lo que anhela? Si trabajara en su relación, ¿obtendría lo que anhela o no es ni siquiera una posibilidad? (No desde su ilusión sino de los hechos concretos y lo que la otra persona es o no es). ¿Se está conformando con menos de lo que desea y necesita? ¿Por qué?
  • Identificar las razones concretas por las cuales esta relación no debe seguir. Identificar y reafirmar las razones concretas por las que se merece una mejor y más armoniosa relación.
  • Preguntarse a quién más afecta su relación tóxica. Muchos se quedan en relaciones no sanas “por los niños” pero estudio tras estudio demuestra que en el caso de relaciones tóxicas, esta opción es la menos recomendable para los menores. ¿Existen niños de por medio? ¿Es este el modelo de relación que quiere dejarles de herencia? ¿Si fueran ellos quienes estuvieran en este tipo de relación, qué querría usted para ellos? ¿Honestamente cree usted que sus hijos están bien viéndole pelear y ser infeliz?
  • Identificar las lecciones sobre su propósito de vida y sobre usted mismo que debe aprender a partir de esta relación. Aprenda la lección y podrá superarla y seguir a cosas nuevas y mejores.
  • Practicar visualizaciones de separación física y energética para disipar energías negativas y dañinas.
  • Purificar cuerpo y energía para reducir la ansiedad, el estrés y la enfermedad que viene a partir de las relaciones tóxicas.
  • Construir afirmaciones que ratifiquen su amor propio, que se merece amor verdadero y que la relación perfecta para usted ya existe – solo tiene que limpiar el camino para que llegue a usted.
  • Mapa de tesoro para trazar el camino hacia sus nuevas metas. Plan de acción.

Para hacer cambios debemos entender desde raíz lo que está sucediendo

¡Pon manos a la obra!

Miguel Ángel Pla

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En éste tema del hacer sufrir y sufrir existen 3 puntos importantes que servirán como ejemplo a aquellos que han sido lastimados o aquellos que han lastimado a alguna persona. Es importante reconocer uno u otro punto ya que en nuestra vida cotidiana pudimos haber tenido una de estas experiencias y por verlo algo “normal” o “parte de la vida” no nos percatamos que nos puede dañar el resto de nuestras vidas o bien marcar a alguien de forma negativa para siempre.

 

1) Niégate a todo tipo de agresión. No conviertas tu relación en un campo de batalla. Puedes crear inmunidad a la violencia en cualquiera de sus formas. Sólo necesitas usar tres NO, negarte a tres cosas pase lo que pase. Puedes escribirlo y firmar con tu pareja el compromiso. Me comprometo a:

  • NO subestimar el dolor de mi pareja (ten compasión, métete en sus zapatos, camina con sus zapatos).
  • NO agredir a mi pareja de ninguna manera, ni aprovecharme de sus debilidades (tener dulzura, delicadeza, etc.).
  • NO fomentar la indiferencia afectiva, la frialdad, la falta de contacto físico o la ausencia de caricias (expresión de afecto positivo).

2) El descuido es desamor, no importa la excusa que des. Nada disculpa el abandono afectivo de la persona que amas. Y si crees que eso te convertirá en dependiente, despreocúpate, hay una forma de cuidado que no es co-dependencia, que va más allá del apego: es el gusto de dar, de hacer el bien a quien amamos. No hablo de sobreprotección, sino de atención amorosa, de vigilancia afectiva y efectiva, para buscar el bienestar del otro. Tampoco digo que tengas que desvelarte como lo hacen los padres aprehensivos. Más bien se trata de estar dispuesto y disponible para cuando te necesite la persona que amas. Tu pareja no es tu hijo ni tu hija, es verdad, pero al amor agápico (el que da sin esperar recibir) no discrimina tan fino, cuando hay que dar se da.

3) Si sientes que los problemas de la vida diaria te alejan de tu pareja, tu relación está en peligro. En las malas épocas, las buenas relaciones se fortalecen y las disfuncionales (adictivas, peligrosas, dependientes, insanas, violentas, etc.) se acaban. El dolor compartido puede unirte, más que separarte. Si tienen problemas económicos, luchen juntos. Si los echan del lugar donde viven, busquen otro lugar, duerman en la calle, pero juntos. El sufrimiento es menor si se divide en dos. Y si hay una enfermedad en la familia, que sea motivo de unión, de trabajo en equipo. Cada vez que las dificultades afecten a tu pareja, recuérdale que no está solo o sola, que no eres un desertor o desertora y que puede contar contigo. Un amor completo no se agota en el placer del sexo, ni en la alegría de que el otro exista, necesita estar listo para el sufrimiento compartido. El amor agápico se reafirma en el dolor que la vida obliga.

¡Ocúpate en implementar en tu vida y relación estos 3 puntos que pueden ser un facilitador para tu felicidad!

Miguel Ángel Pla

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No cabe duda que el autocontrol bien administrado y regulado sea una virtud y una competencia que permite relacionarse mejor con uno mismo y los demás.

Si no caemos en el extremo de la constipación psicológica y afectiva, tener la impulsividad bajo vigilancia nos evita muchas complicaciones. Sin embargo, no todas las formas de autocontrol son saludables, ya que muchas de ellas conllevan mecanismos y procesos perjudiciales para la mente y el desarrollo de nuestras fortalezas.

Con el fin de que la gente acate las normas preestablecidas que se consideran deseables, la cultura y los métodos de enseñanza que de ella se desprenden suelen hacer uso, al menos, de dos formas de control externo.

La primera es la resistencia a la tentación, la cual consiste en crear miedo a violar la normativa. Los que siguen esta pauta suelen hacer uso de un estilo educativo donde se castiga psicológica o físicamente al niño si hace algo inadecuado o no cumple las ordenanzas familiares, escolares o sociales.

Si no se respeta lo prohibido, llega el aversivo, el dolor o la molestia, de tal manera que, con el tiempo, pensar en “actuar indebidamente” generará una serie de manifestaciones psicosomáticas (sudor, taquicardia, desasosiego, ansiedad) debido a la anticipación del castigo. El pensamiento inhibidor es como sigue: “No haré tal cosa porque me lastimarán si lo hago”. Es el caso del ladrón que no roba por miedo a la pena, pero si estuviera seguro de que jamás lo descubrirían, no dudaría en robar. Esta forma de autocontrol puede ser efectiva para quienes violan la ley, pero es precisamente el dominio de sí mismo que se espera de un proceso enseñanza-aprendizaje saludable, ya que la “evitación de la falta” se centraliza en la sanción y el escarmiento que se recibirá y no en la creencia del comportamiento correcto. Insisto: nadie niega que debe haber penas por los delitos cometidos, lo que quiero señalar es al mecanismo interno que impide la acción, su lado preventivo. Es menos contraproducente y más eficiente como método pedagógico crear valores basados en convicciones cognitivas (“No hago esto porque va en contra de mis principios o porque no lo creo correcto”), que pegarse al miedo anticipado.

La educación por culpabilidad transita un camino similar, aunque lo punitivo es más sutil. Por ejemplo, si un niño comete una falta, los adultos cercanos pueden mostrarse decepcionados, tristes, dolidos.

La estrategia consiste en hacer que los padres se “sientan bien” si el niño pide disculpas y se autocastiga de algún modo. Ni bien el infante acepta compungidamente que se portó mal, que cometió un error, o que se arrepiente profundamente (algunas veces debe reconocer que es sucio o malo), los educadores cambian su actitud inquisidora, sonríen, se ven alegres, agradecen y refuerzan directamente, de forma verbal y/o física. Así, con el tiempo, esta forma de relacionarse produce el siguiente imperativo: “No me comportaré inadecuadamente, porque no quiero arrepentirme luego: prefiero controlarme a sentirme culpable”. Si en la resistencia a la tentación el miedo es al castigo físico y/o psicológico, en la educación por culpabilidad, el temor es al sentimiento de culpa.

A través del castigo y el dolor no se interioriza nada nuevo, solo se aprende a evitar lo que es negativo para uno. El castigo sistemático e indiscriminado interfiere la comunicación y la victima tiende a asociar al castigador con las sensaciones de angustia. Algunos dirán que “una pizca” de culpa y miedo a la sanción es recomendable a veces, y es posible que así sea, pero el tema no solo es de “cantidad” sino del manejo que se hace de la misma.. Existe una culpa racional, no autodestructiva, que me lleva a reparar la falta y existe un miedo racional y objetivo, que me permite alejarme de lo que verdaderamente es peligroso. La pregunta es si el autocontrol que inculcamos a nuestros niños es tan racional y objetivo como pretendemos. La reflexión queda abierta.

 

 

Miguel Ángel Pla

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Las relaciones codependientes (apego afectivo) son relaciones adictivas que se alejan mucho del amor. La persona dependiente se diluye en la otra perdiendo de vista sus ideas, valores, proyectos, y, en definitiva, su individualidad.

No debemos confundir el amor con la dependencia afectiva. Es esto precisamente lo que ocurre en muchas relaciones de pareja, amistad, etc.  El miedo a la pérdida, al abandono y a muchos otros aspectos hacen nacer relaciones amorosas adictivas e, incluso me atrevería a decir, enfermizas.

En principio no hay nada de malo en amar a una persona hasta el punto de que se haría cualquier cosa por ella mientras que ese “hacer cualquier cosa por ella” no afecte de ninguna manera ni a la identidad de cada uno, ni a los principios, ni a las metas ni a lo que es cada uno esencialmente.

El apego, a diferencia del amor, se define como la inclinación, dependencia, afición o adicción hacia algo o alguien. Por ello, el apego (que forma relaciones codependientes) es una causa de sufrimiento porque esclaviza a las personas impidiéndoles ver la realidad; desde ese punto de vista, no hay apegos grandes o pequeños ya que todos son igualmente negativos. El apego es un sentimiento de pertenencia, posesividad, miedo e interés. Es el amor enfermo hacia la otra persona la que provoca la pérdida del norte de la propia vida a causa de estar pendiente del otro. Cuando sentimos apego respiramos el mismo aire de esa persona, queremos controlar lo que hace, dice y piensa, casi quisiéramos meternos en su propia piel para entender todo sobre la otra persona. Así, nos convertimos en un apéndice de la otra persona, perdiendo nuestra propia valía e independencia personal.

No es inusual tener a nuestro alrededor a muchas personas que viven enfrascadas en relaciones afectivas enfermizas de las cuales no quieren o no pueden escapar. De manera más específica, podría decirse que detrás de todo apego hay miedo. Y es que la persona que está apegada a otra, nunca está preparada para la pérdida, porque no concibe la vida sin su fuente de seguridad (“sin él/ella me muero”).

Como lo menciona la autora Chiquinquirá Blandón en su libro Manual para Desenamorarse, “en las relaciones de codependencia la persona da más de sí mismo al otro, dedicando todo su tiempo y energía para mantener los estados de exaltación en su relación, trata cada día de consumir más dosis para ser feliz, entrando en el círculo vicioso del adicto, con sentimientos de exaltación cuando se está bajo los efectos del embriagante y bajos cuando el embriagante se retira”.

Los codependientes son “adictos afectivos, los cuales dependen de otros para vivir, buscan gratificación en los otros como los adictos a la droga”. Son individuos que sienten un gran temor al abandono, necesitan aferrarse a otros incluso cuando la compañía les cause dolor. Por otro lado, el compañero del codependiente, estimula y propicia las conductas adictivas porque las necesita para afirmarse a él mismo. Este tipo de conductas las ejecutan las personas incluso sin darse cuenta, pues han sido conductas adquiridas a lo largo de su vida. Pero llega el momento en que uno de los dos empieza a romper este patrón, inicia el alejamiento y produce la crisis, lo que los lleva a cuestionarse, buscar ayuda y descubrir los patrones adictivos.

Como seres humanos que somos, es importante entender que las relaciones sanas son relaciones en las que la persona asume la responsabilidad de su propia vida y de sus acciones y acepta que en la relación se van a experimentar momentos felices pero a la vez sufrimiento, y que la felicidad no está en el otro, sino que depende de cada uno de nosotros, en definitiva, son relaciones en las cuales no hay temor sino libertad e independencia.

Si alguien se encuentra en una situación de apego afectivo sería importante que buscara ayuda. Lo primero es reconocer que no existe una relación perfecta y mágica. Entender que dejar de depender no significa ser frío o indiferente, ni dejar las emociones de lado. Es aprender a vivir un amor que no esclaviza, es amar sin miedos, sin angustias y es tomar conciencia de que la persona amada es importante pero no es lo único que se tiene en la vida. Evidentemente, no se pueden controlar las vidas ajenas, sólo la propia. Para ello, hay que conocerse a uno mismo, aprender a decidir lo que se desea, lo que agrada y a tener actividades propias, ya que la pareja no es lo único que nos rodea.

El hecho de que desees mucho a tu pareja y que sientas cosquillas en la barriga cada vez que la ves, no significa que sufras de apego. El placer de amar y ser amado es para disfrutarlo, sentirlo y saborearlo. Pero si sientes un vacío incontrolable cada vez que te despides de tu pareja, si el bienestar recibido de tu ser amado se vuelve indispensable para seguir viviendo o la urgencia por verle no te deja en paz y tu mente se desgasta pensando en él, posiblemente puedas considerarte “dependiente del amor”.

Debemos recordar que el deseo mueve al mundo y la dependencia lo frena. El objetivo no es reprimir las ganas naturales que surgen del amor, sino fortalecer la capacidad de desprenderse cuando haya que hacerlo. El “sentimiento de amor” es una variable importante al tener una pareja, pero no es la única. Una buena relación de pareja también debe fundamentarse en el respeto, la comunicación sincera, el deseo, los gustos, los valores, el humor, la sensibilidad y la amistad, entre otras.

El amor es energía, es sentimiento. El dinero no puede comprarlo. El contacto sexual no lo garantiza. No tiene absolutamente nada que ver con el mundo físico pero, a pesar de ello, puede expresarse. El amor es la demostración de cariño, afecto, pasión y admiración por el ser amado pero debe concebirse de una manera controlada, con sentido de lo propio y lo ajeno, con una distancia afectiva entre lo que es la propia persona y la pareja. Esta concepción nos armoniza al estar juntos y nos permite ser independientes y mantener el control de nuestra vida personal, ideas y proyectos.

Así pues, debemos saber que querer algo con todas las fuerzas no es malo, convertirlo en imprescindible, sí. El buscarse a uno mismo, el quererse y el aceptarse son las bases para establecer relaciones sanas y realistas con los demás. El poder de una pareja, aunque suene a tópico, no lo tiene el que tenga más dinero, ni el más fuerte, ni el más inteligente, sino el que necesita menos al otro. Lo importante de una relación de pareja no es quién lleva las riendas sino cómo se llevan.

Miguel Ángel Pla

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Una baja autoestima puede provenir de la niñez, donde la mayoría de los niños se crían con la idea de que no valen nada.

Su autoconfianza es nula debido a que se les vende la idea de que nunca lograrán el éxito en lo que se propongan. Casos de burlas por parte de compañeros de colegio, apodos y maltratos pueden también influir, no es extraño, que esos niños crezcan llenos de resentimientos.

Si esta fue tu experiencia, no todo está perdido, es hora de que le des fin a esa mentalidad, y que te enfoques en mejorar como persona.

Empieza a leer acerca de personas exitosas y descubrirás que ante las adversidades, los exitosos perseveran y no escuchan a quienes intentan lastimarlos. Muchos de los grandes empresarios ni siquiera terminaron sus estudios, aun así, estas personas gozan de un alto nivel de autoestima.

Muchos decidieron sobrellevar la baja autoestima y mejorar su actitud sea como fuere la situación. Estas personas luego fueron los más grandiosos hombres y mujeres que han vivido en la tierra.

La baja autoestima realmente nunca ha ayudado a nadie, y muy seguramente no te ayudará a ti tampoco. Sólo podrá traer a tu vida depresión, ira, temor y muchos otros males.

Re-programa tu pensamiento y controla tu estado mental. Debes creer que vales mucho más de lo que piensas o permanecerás siempre en la ladera de la montaña que tanto deseas escalar, por no intentarlo.

No desperdicies tu vida con sentimientos inadecuados, por el contrario, piensa en las formas mediante las cuales podrás mejorar tu autoestima y por tanto ser una mejor persona en múltiples ámbitos.

El éxito depende de ti. ¡Ve por el!

Miguel Ángel Pla

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En nuestro organismo conviven dos tipos de emociones: las que son decretadas por la madre naturaleza y las que son inventadas por la mente. Las emociones biológicas (primarias) no son aprendidas, nacen con uno, cumplen una función adaptativa para la especie y se agotan rápidamente. Las más importantes son: dolor, miedo, ira, placer, alegría y tristeza. Sin ellas no existiría vida en el planeta, homo sapiens incluido.

Las emociones mentales (secundarias) son culturalmente aprendidas, y aunque algunas de ellas bien administradas pueden llegar a ser útiles (vg. el sufrimiento), la gran mayoría son un verdadero encarte y las directas responsables de la enfermedad psicológica. Las emociones secundarias son prolongaciones de las emociones primarias. Así, el miedo es transformado en ansiedad, el dolor en sufrimiento, la ira en rencor o agresión, el placer y la alegría en apego, y la tristeza en depresión.

La tristeza es una emoción primaria cuya tarea principal es desenchufarnos por un tiempo, para descansar o pensar. Un stop obligatorio que nos hace andar en cámara lenta por unos días o algunas pocas semanas, pero nada más. Un “yo-yo” incómodo en la boca del estómago nos vuelve hipersensibles y propensos al llanto.

La tristeza languidece todas la funciones corporales y psicológicas, pero no las acaba. Cuando llega, adoptamos cierta pose de intelectual francés venido a menos, recorremos los extramuros de algún cafetín olvidado o nos hundimos en aquella lectura existencial que habíamos dejado pendiente.

De acuerdo con los expertos, la tristeza es una manera de conservar energía, pedir ayuda (la expresión de una persona triste es impactante y empuja a socorrerla) y/o resolver problemas (la tristeza está hecha para pensar y no para correr). Cuando llega, simplemente hay que darle la bienvenida y escuchar el mensaje: “Estás cansado”, “Necesitas ayuda” o “Necesitas una solución” Después, si no la azuzamos, se va sola. Mi amiga la tristeza: quédate conmigo un tiempo, pero sin molestar demasiado.

La depresión es otro cantar. Aquí no hay ningún provecho ni nada que aprender. Podríamos prescindir tranquilamente de ella. No aporta nada. Es una de las tantas exclusividades negativas del género humano. Los animales se entristecen, pero no se deprimen. Por más que busquemos, nunca vamos a encontrar un rinoceronte suicida, una vaca masoquista o una jirafa maníaco-depresiva. Los animales no se autodestruyen, mueren.

La depresión psicológica se diferencia de la tristeza en varios aspectos:

1) En la depresión siempre hay baja autoestima y desamor personal; en la tristeza, el sujeto sigue queriéndose a sí mismo.

2) En la depresión hay un claro sentido de autodestrucción; en la tristeza, no.

3) La persona depresiva busca aislamiento y soledad afectiva; la persona triste permanece efectivamente conectada.

4) En el individuo depresivo, la baja del estado de ánimo afecta todas las áreas (sexual, social, laboral); en la tristeza, aunque el rendimiento disminuye un poco, el sujeto es capaz de desempeñarse de una manera relativamente aceptable.

5) La depresión dura meses, mientras la tristeza no suele pasar de una o dos semanas.

Si al despertar por la mañana no nos provoca nada. Si al asomarnos de mala gana por la cobija vemos el día por delante como una tortura china se apodera de nuestro espachurrado ser amanecido, no hay dudas: la depresión anda rondando.

Mientras la tristeza reduce la velocidad, la depresión frena en seco y daña el motor. A la tristeza hay que dejarla en paz para que haga su trabajo, a la depresión hay que sacarla a la fuerza. La depresión es el luto del alma. La tristeza es un jalón de orejas para seguir viviendo, un momento, un refugio para encontrarse a sí mismo y cargar gasolina. Por eso, cuando aparezca, no te preocupes demasiado, simplemente recuerda, tal como decía Gibrán, que la tristeza no es más que un muro entre dos jardines.


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MIGUEL PLA PSICOTERAPUETA © DERECHOS RESERVADOS 2014